lunes, 29 de marzo de 2010

El edificio "E"


A la salud de la serpiente y de los que fuimos


Alquien preguntó ¿qué era?... Omitiendo el universo, era el santuario y la pocilga, el confesionario y el chiquero, el Ágora y la Academia, las escaleras con semen y las menstruaciones de las Doctoras, el color amarillo de Pacheco y el color verde de Ponce; un debate interminable y una conversación infinita. Álvaro y Santiago, Fernando y el Fabo, Sigmund Freud en capilla Kant  siempre de rodillas; el Hermano Francisco y su comisura darketa; los Licenciados Gallegos y Piña, apóstoles de la Misoginia; Cerdos y Sarnosos. Flor de caña blanco, por favor... y otra de Matusas sin hielo y sin rencor; millón y medio de cigarros después; Aurea y los escalímetros, La Flaca  y La Rosa inalcanzable en su Cairo. 


Alberto antes de ser alberto, los cerdos antes de ser Los Cerdos, diez pesos de “sanguichs” de pan duro; el color negro y las botas de cuero, sobredosis de Sabina y Eliseo Diego: "Solos, a solas, con el ron los dos" , un niño llamado Aleph, el saco de brillos verdes de Martín, un pedazo de concreto como silla, el europeo cazador Hassan y el sol de las cinco de la tarde.


¿Qué era el Edifico E? ¡Carajo!...era la vida entera


Era Edgar hablando de von Rezzori, Juan descubriendo a Oé, elefantes y circos, marejadas de Silvio; Francisco en defenza de Caifanes; "I find you in the morning, after dreams of distant signs. You pour yourself over me, like the sun through the blind". Era cantar a gritos sin alcohol, abrazar,  sentir a Belkin en colores; sin ajedrez y sin baraja, sin anfetamina y mariguana,  una lente a 55 y 400,  con el obturador completamente abierto y ese flash que todavía deslumbra, como  también la eternidad que comenzó ese lunes y el día siguiente nunca tuvo nombre... Ese edificio era el espacio, Nuestro Espacio.

jueves, 11 de marzo de 2010

Los lugares donde he dormido (VI)


Cuarto 137


El número es difícil, complicado, curiosamente lo que esconde no lo es. El cuarto huele siempre a limpio, la atmósfera es de apremio, las cortinas que esconden sus ventanas son de tela gruesa, gabardina y lona café obscuro. Si uno apaga la luz en pleno día queda la penumbra, algo que se agradece cuando el deseo diurno anula las perspectivas y el espacio.

El piso está cubierto con una alfombra que silencia los pasos intranquilos; las paredes tienen un color crema y están extraordinariamente desnudas, sin cuadros y sin fotos, no hay cartas de pasante o imágenes fantásticas; solo hay un espejo incómodo que suele ocultar panópticas escenas que terminan en videos en el Hong Kong de Aldaco o en el Anillo de Circunvalación, por eso uno cubre con la chamarra de mezclilla negra  los espejos de este cuarto.


Cuando entras al 137 la privacidad se vuelve obsesiva, los focos lanzan una luz a media vida, los cuerpos relumbran con fosforescencias, los sudores casi siempre son cristales, pequeños diamantes forjados en el entresijo, en la presión, en la humedad salada.


Minimalista, afortunadamente bello, sin objetos, con excesos, sin letras y si ropa usada y la loción del diario, en el baño apenas un jabón y olor a cloro, dos toallas blancas y agua caliente. El silencio se agradece. Hay una televisión que no sirve de nada. El olor es perfecto, sin cocinas engrasadas ni guisados cotidianos, no existen los sillones ni el librero. No está el polvo de los días acumulado.


Así es el cuarto 137, con lo necesario para soportar el naufragio en el mar de la mediocridad. Quién quiere dormir en esta desierto centenario con 37 lunas y una llave que no abre la puerta de tu casa. Es el único cuarto en donde no he dormido.

martes, 9 de marzo de 2010

Los lugares donde he dormido (V)

Cuarto con polvos de gusano

Norte. Paralelas de madera en el techo, trabes y vigas de roble y pino. El cuarto es de adobe, las paredes tienen un grosor de setenta centímetros. El calor o el frío están afuera, queda aislado en un clima eternamente templado, detenido. Hay en este cuarto una sola ventana, de apenas cuarenta por cincuenta centímetros; los vidrios están opacos, hay humedades hechas polvo en ellos. La atmósfera está llena de humedad, de moho, una oscuridad visible en donde los ojos tienen que acostumbrase a ver las formas. El color es azul en la pared sur donde hay una repisa de madera, un pequeño altar con la imagen de una Virgen y un Sagrado Corazón, además de la foto de una familia sonriente y joven; otros tiempos, no cabe duda.



En el occidente hay una puerta de madera con pequeñas ventanas de treinta por treinta centímetros, está pintada de verde y da entrada a una cocina. En el oriente está el espacio rectangular para una puerta que no está, solo hay una cortina de poliéster con grabados de flores rojas y naranjas. Al Norte de este cuarto enorme hay dos camas metálicas con colchones de borra y franela, el piso es de losetas de cerámica roja y está cubierto por una alfombra verde. Junto a la puerta de madera hay un ropero grande de pino y dos lunas enormes en las puertas que reflejan las colchas de algodón color azul de las camas; detrás del ropero hay una pila de cobijas y cobertores sobre una silla de madera.



Junto a la ventana hay una cajonera color blanco, sobre ella hay unas fotos enmarcadas: una boda, un bebé sonriente, una pareja y una extensión enorme de agua detrás (Chicago, 1942, consigna una caligrafía añeja). Los gusanos se ocultan en el cielo de este cuarto silencioso, a tres metros de altura se les escucha roer la madera de las vigas, dejan agujeros en este universo detenido. En las noches, se oyen trabajar esas fauces pacientes devorando la madera, entonces un fino polvo te cae sobre la cara. Ese detalle estremece al durmiente boca arriba, provoca pesadillas en donde eso muertos presentes te pasan lista, te miran a los ojos y te dicen nada. Solo te señalan con la mirada. En el Norte, muy al norte de este continente, el sol es un cuadro en la pared y la vida es polvos de gusano sobre los párpados.

sábado, 6 de marzo de 2010

Mil Noches

Mi padre era del Norte. A los diesciseis años salió de Saltillo con rumbo a Tabasco para trabajar como maestro rural. Nunca en su vida había visto tanta agua: el Grijalva debió parecer hipnótico, horrendo. Cada vez que podía recordaba esos días como se recuerda la primera vez que se ve el mar. Durante mucho tiempo se dedicó profesionalmente a beber alcohol y gracias a ese detalle, viví  mi infancia escuchando los discos de 33 revoluciones de los Apson Boys y de Tehua, de Nelson Ned y Enrique Guzmán. Indudablemente el pasado, al menos el nuestro, corre a 33 revoluciones por minuto.

Dicen que uno respira tranquilo cuando se olvidan los reproches, cuando se desinflama el tumor de la violencia intrafamiliar y la ausencia de calor. No lo sé. A veces me descubro en las noches recordando esos detalles, que a bien son detestables, pero parecen ubicarme en un contexto donde todo se respira con otros aires, sin alcohol y sin gritos. 

Sueño seguido con él. Un amigo versado en temas de neuroquímica me dice que soñar a un pariente muerto es una forma que tiene el metabolismo de asimilar las sustancias de que están hechas las memorias, bioquímica del sueño.Tal vez todo este teatro tenga que ver con el perdón o con aceptar la presencia de esa sombra que se traga el blanco día: sin embargo esas representaciones, ese tinglado es angustiante, lo confieso, ni en sueños puedo despedirme de él, decirle adiós, aceptar su muerte. En cambio siempre vuelve, con pasos tranquilos abre la puerta de la sala y se sienta en el sillón roído por los gatos y me dice: "andaba de viaje,  ya volví" Entonces salta la conciencia, ahí, donde supuestamente no existe la conciencia, y le digo: "Pero tú estás muerto, te recogimos en la morgue de ese hospital, te incineramos y te pusimos en una urna con detalles dorados y negros, arriba del librero, de ese mira, hasta te hice un  altar con  dos máscaras de jaguar que te cuidan el sueño." 

No lo dejo ir. Será que esas sustancias son tan adictivas que las produzco porque las necesito. No sé, y siempre se me viene  el estribillo, necio, de aquella canción de cantina de Ojo de Agua: "Y pasará una noche y pasarán mil noches, y tú jamás vendrás..."


Y así, al abrir  la realidad, recuerdo el sueño que  mi sobrino me platicó dos días después de incinerarlo. 

Esta toda la familia en una reunión en el rancho de La Jefa en Arandín, los árboles  enteramente verdes, la tierra  café oscuro, el cielo azul metálico. Departimos, celebramos malos chistes, tomamos alcohol, y así, sin más, Marco se despide: bueno señores, pues me retiro, y toma ese camino que atraviesa la huerta rumbo a la Loma. La tarde es luminosa, la subida es difícil para el sobrino que sigue a mi papá por la pendiente, casi al llegar a la cima  se detiene, voltea a ver a Manú y le dice, tranquilo hijo, todo va estar bien. Manú dice que detrás de él está la luz inmensa del atardecer y se pierde en ella.

viernes, 5 de marzo de 2010

Los Arriesgados

Los arriesgados



De los que entran al zoológico sin guía
de los que arrojan su tristeza a las hormigas
de los que bajan asombrados la escalera
y los que bailan bajo el sol sin bloqueador.

De los que suben sin descanso elevadores
 de los que prueban los licores sediciosos
 de los que saltan en esferas sin licencia
y los que se aman sin condones en las noches .

 De los que arrojan todo en esta vida
 y  muerden sin prejuicios a las piedras,
 de los que arriegan vida a esta muerte
y apuestan inseguros a ganar

de los que abren los frijoles con las manos
de los que miran sin miedo a los payasos
de los que han despistado a su memoria
 y se  curan las heridas con piedritas.

De los que escapan sin maletas en las manos
a los que encienden la hogueras con la lupa
de los que esperan para huir a media noche
a los que con preguntas se castigan sin medida

Sobre todo de aquellos
que creen que arriesgan todo
y aun siguen soñando


Martín Gallegos

lunes, 1 de marzo de 2010

Y cuando piensa en acercarse...


Las "Crónicas de indicavía" nacieron hace 20 años. Una buena tarde los compañeros universitarios, todos entrañables, decidieron abonar los terrenos de la non-fiction y la lección de Ende: escribirnos no a nosotros sino a los otros: a los inventados, a los anhelantes y callados, a ese que camina en sueños dirunos. Y así comenzamos a escribir cartas. Nuestro Avatar, el anhelo personificado, la necesaria metáfora y la incómoda prosopopeya, comenzó a formarse en entredichos, rumores y una increible gana de escribir por escribir; a más de uno le dio por la épica y otros por la epopeya, lo más eran prosaicos. Yo solo quería que alguien me escribiera una carta de amor, nuca había recibido una, así que mande muchas, demasiadas diría yo, en meses nos inundamos de correspondencias, a bien no recuerdo ya los Avatares, recuerdo el mío: Charles Burroghs, un pirata del día de antes, demasiado solo, demasiado hambriento. Aquí rescato un relato de aquellos años, uno de los tanto textos que nació de aquellas travesías entrañablemente nuestras.


                                       Crónicas del Blackbird


                                        I.- La perla


Poco a poco el sopor le va doblegando la tersura de los párpados. Sus brazos se aflojan como las serpientes marinas en tierra firme. El aroma del durazno maduro acaricia el lomo del océano y se trepa por el casco del viejo barco, se filtra por sus claraboyas, por el cordaje, por las grietas de la madera. Las velas se hinchan como sábanas tendidas al sol. A toda la tripulación le envuelve la claridad de un sueño sin sobresaltos, la promesa de un descanso sin naufragios ni abordajes.


Charles Burroghs se aferra a la perla negra, la empuña y siente su calor: idéntico a la mirada de ella. Es lo único que lo sostiene en este vacío de humedades. El candor de la piedra le recuerda la promesa de volver a ver su rostro, de verse nuevamente en sus espejos. El beato Angélico, natural de Antioquía, fue preciso: “Mientras más anheles la consistencia de su sombra, la ausencia se convertirá en un sueño plácido.”


El mar ondula como una sinfonía de agua quieta, los alisios cantan al hinchar las velas, los cirros-estratos parecen pentagramas y los cúmulos-nimbos anuncian una tormenta con relámpagos que acarician las entrañas y solapan a los simulacros.


El barco duerme un sueño apacible, como de tierra firme. Los Armatostes dibujan en el éter los contornos delicados de un rostro que nada sabe de los maremotos y las emboscadas. El cuerpo del Capitán se ausenta poco a poco, se escapa, flota en el ensueño. Se aferra a la perla negra como a una tabla de náufrago. Se hunde y, por primera vez, su corazón late tranquilo.


“Lo único que te mantiene navegando— le dijo el beato Angélico— es la promesa de que al despertar la vena del aire te refresque el rostro y una mirada de agua te de la bienvenida. Entonces tu travesía ya no tendrá sentido.”


La promesa del sueño es la bendición de un despertar tranquilo, y el Capitán, ya con los ojos cerrados, logra hilvanar algunos pensamientos: “No va más... el mar se precipita en cataratas... si es la muerte, tenía que ser cuando pensaba en ella.”

Bacho crónico. Corrección prosódica

Está dormido, respira fuerte. Sus compañeros se ríen, lo observo y digo, de seguro su compañero se levantó temprano para ir a trabajar. Un...