viernes, 6 de mayo de 2011

Los recuerdos

Y llené mi pared blanca de recuerdos para no olvidarte. Pero se me acabó el espacio y ya no supe más qué hacer.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Una mínima

Vació la casa. Solo dejó una silla y la cortina en la ventana. Les gustaba sentarse y ver como entraba el aire a ese espacio perfectamente vacío y extraordinariamente lleno. Y así respiró.

La biblioteca de mis sueños

Francisco Aragón 
9/01/2008 
Es sabido que una de las bibliotecas personales más grandes e importantes de América es la que reunió José Luis Martínez (1918-2007) en su propia casa en la Ciudad de México. Crítico e historiador de la cultura mexicana (ÉL estudioso de literatura mexicana por antonomasia), ha dejado, al morir, una duda sobre el destino de su impresionante biblioteca; por supuesto cada institución medianamente relacionada con la cultura ha estirado la mano para decir “yo”, según algunos comentarios tal vez las más aventajadas sean la Sociedad Mexicana de Escritores, la Academia de la Lengua, o la propia UNAM, e incluso se corre el escalofriante rumor de que su sarcófago, construido ex profeso, sea la deforme y enferma macro biblioteca José Vasconcelos. Sólo espero que sea posible la voluntad del difunto de conservar el total del acervo unido y no repartirlo en varios lugares, lo cual sería lo más lamentable salvo que suceda lo que está tan de moda últimamente y la dicha biblioteca termine en alguna universidad estadounidense.
Sólo una vez pude conversar con José Luis Martínez, fui a visitarlo a su casa con el fin de solicitarle la autorización para publicar un antiguo trabajo suyo en una nueva antología sobre Nervo; en esa ocasión me recibió en su despacho y a pesar de sus 82 años fue muy amable y trató de interesarse por mi conversación, sin embargo era evidente para los dos que el trámite debía concluirse rápidamente, así que apenas hablamos de Nervo, un segundo sobre Tario (de quien fue amigo personal y primero en reconocer su talento) un poco más sobre sus bellos gatos, y abusando de mi suerte le pedí me dedicara su libro más clásico Literatura mexicana siglo XX 1910-1949, en una reedición de la cual al parecer él no tenía conocimiento.
Además de la amabilidad del sabio viejecillo, recuerdo que me impresionó mucho aquella habitación, las paredes tapizadas de libros, incluso hasta una puerta al fondo que al cerrarla era una estantería más y al abrirse me dejaba imaginar pasadizos de libros que daban a habitaciones de libros y salas con una flora interna de volúmenes encuadernados que colmaban cada posible ángulo de la casa.
El breve encuentro terminó y salí de allí todavía un poco mareado por mis imaginaciones, noté entonces que los muros externos de la casa estaban completamente cubiertos por enredaderas y volví a pensar en los libros apoderándose del espacio vital por dentro, mientras por fuera las plantas recobraban de alguna forma la casa para la naturaleza.
¡Ay mi pasado ecosistema nerviano!, con su jungla de trabajos, con sus presas y sus depredadores, alguna gema extraje (si bien no la que quería) de los turbulentos ríos de aquellos días.

martes, 21 de septiembre de 2010

Yo cultivo en mi corazón dos esperanzas



La puerta en el muro


Francisco Aragón (1973-2008)
 
El protagonista del cuento “La puerta en el muro” de H. G. Wells vive una circunstancia terrible. Cuando tenía ocho años se topa con una enigmática puerta y no puede resistir el traspasarla, al otro lado encuentra ni más ni menos que un jardín encantado en donde todo le parece maravilloso; lo reciben dos panteras negras que pueden comunicarse con él amablemente y que se convierten en los compañeros de juegos ideales para el chico quien se siente completamente feliz. No obstante tiene que salir del jardín para volver a su casa prometiéndose que volvería lo antes posible para reanudar esa dicha indescriptible, sin embargo, y esto es lo terrible, nunca más vuelve a encontrar aquella puerta.


La vida de este niño que se hace hombre se desarrolla normal, su personalidad competitiva y ambiciosa lo convierte en un importante funcionario pero descubre que el vacío que dejó la perdida de su jardín no puede ser sustituido por ninguna otra satisfacción, y que se ha entregado a una existencia gris en lugar de tratar de recobrar la felicidad, es entonces cuando, ya en su madurez, desespera.


Sin contar el final de la historia (el cual inscribe a este cuento dentro del muy restringido género de lo fantástico), puedo agregar que se trata de un tema común en la literatura, repetido en infinidad de motivos: el paraíso perdido, metáfora del fin de la inocencia, de la enajenación del hombre, crítica al materialismo, etc., Leído como cuento de hadas el reino otro al que accede el personaje, ese mundo paralelo sublimación del nuestro es eso, un reino feérico, por lo tanto también puede ser entendido como el reino de los muertos.


¿Hay vida después de la vida?, ¿de verdad existe el amor después del amor?, ¿podremos regresar a nuestro jardín o en realidad hemos muerto al entrar allí y al salir sólo somos un cascarón de nosotros mismos, arrastrando los años con los pasos erráticos hasta que un accidente de microbús nos devuelva a nuestra mitad que significa? Yo cultivo en mi corazón dos esperanzas.

viernes, 2 de julio de 2010

El nieto de Bébert


Un gato 

George Steiner 

Bébert era un gato atigrado de Montparnasse, nacido probablemente en 1935. Encontró a su segundo amo en el París ocupado a finales de 1942. A Bébert —“la magia misma, el tacto por longitud de onda”, como lo describió su amo— se hizo necesario abandonarlo cuando el amo y la esposa, Lucette, se esfumaron en dirección a Alemania en la pavorosa primavera de 1944. Bébert no aceptó la separación. Fue transportado en el saco de viaje. El periplo los condujo por cráteres lunares de bombas, ferrocarriles destrozados y ciudades ardiendo como antorchas enloquecidas. Bajo los bombardeos, Bébert, medio muerto de hambre, se perdió, pero volvió a encontrar a su amo y a madame. El trío cruzó y volvió a cruzar el Reich en pleno hundimiento. En un último y desesperado empujón, llegaron a Copenhague. Cuando la policía danesa fue a detener a aquellos huéspedes inoportunos, Bébert se escabulló por un tejado. Luego de que lo atraparon, el legendario animal fue enjaulado en la perrera de una clínica veterinaria. Cuando su amo fue liberado de la cárcel y se recuperaba, Bébert tuvo que ser operado de un tumor canceroso. Pero el felino de Montmartre estaba de vuelta de todo. Resistió el trauma y tuvo una rápida recuperación, con la serenidad, más lenta y sabia, de los gatos que van envejeciendo; fiel, silencioso y enigmático.

Amnistiado, el patrón de Bébert tomó el camino de su casa a finales de junio de 1951. Cuatro gatos menores —Thomine, Poupine, Mouchette y Flúte— les acompañaron en el viaje. Con aspecto de esfinge desde hacía años, Bébert, que compartía tantos secretos, murió en un suburbio de París a finales de 1952. “Después de muchas aventuras, cárcel, vivaques, cenizas, toda Europa […] murió ágil y gracioso, impecablemente, esa misma mañana había salido de un brinco por la ventana […] ¡Nosotros, que nacimos viejos, parecemos ridículos en comparación!”. Así escribió su afligido amo, Louis-Ferdinand Destouches, quien se firmaría Céline (tomado de la abuela), médico, paladín de la higiene social entre los desposeídos, trotamundos en África y en Estados Unidos, excéntrico chiflado. Sería un placer informar sobre Bébert. Sobre Céline, no.

Texto publicado en Nexos, México, Julio del 2010 

sábado, 26 de junio de 2010

Un monstruo a rayas

El universo está lleno y de pronto se convulsiona: una explosión, un caos reverberante que no para hasta destruir todo: los árboles, el nido, una ciudad entera; y el insólito sol que no desaparece. Pero siempre queda ese vacío al final del frenesí y las caras largas y los gritos desesperados, esa incomprensión brutal derritiendo la nieve y las entrañas. No hay ideas hay impulsos: ganas de gritar, una línea recta que debe recorrerse hasta el final. No es la mala conducta o el diablo en el cuerpo, es algo antes de la razón, un río desbocado, interno y eterno. Dave Eggers sabe de la angustia del niño hiperactivo, el niño que no piensa y solo actúa, esos seres extraordinariamente operativos, no existen las dudas y tampoco las reservas y el pronóstico, solo existe la siguiente acción, una secuencia inmensa que no termina, y lo que es peor, con el aburrimiento acechando en cada poro, en cada exhalación, esperando, paciente para detenerlo y echarlo a perder todo.


El narrador está muy cerca, demasiado cerca, casi un alter ego. Le duele la condición extradiegética. Y sin embargo Eggers sabe que en esta historia es necesaria la “distancia”, un extrañamiento casi doloroso; Los Monstruos se convierte así en un relato en donde el narrador asiste y desiste en convertirse en protagónico, está muy cerca, Max lo ve a los ojos, pero no lo reconoce, como no reconoce el mundo entero que insiste en no saber de ese río de frustraciones que le cubre el cuerpo con su disfraz de niño lobo.

Asistir a un relato de Dave Eggers es enfrentar un universo regido por un aliento absurdo, pero no por que pierda el sentido sus historias, sino porque estas historias adquieren sentido a través de la perspicacia de un narrador que reconoce en sus personajes que la vida está plena de sinsentidos. Al igual que Foster Wallace  Dave Eggers se regodea en la mediocridad cotidiana de una sociedad que tiene todo menos sentido, sentido de orientación y de reserva: por eso el símil del niño hiperactivo y el universo todo: la constante es la acción, el no aburrirse, en desechar las consecuencias, en divertirse: Max llega a la isla de donde vienen los Monstruos después de una fuga insensata de una realidad que lo detesta: se embarca a “lo loco” en una nave, un viaje que a bien no sabemos si termina en el delirio del hambre, en la pesadilla o en el advenimiento de un mundo fantástico lleno de Monstruos.

Las palabras pesan, tienen un sentido y un significado; por eso debes tener reservas, cuidado con lo que dices: siempre hay alguien que toma tus palabras como un hecho y no como una hipótesis:

“…Y entonces, por fin, cuando finalmente el amarillo líquido del sol se abrió paso, el cuerpo de Carol se relajó y luego se sacudió a oleadas, como si riera o llorara. Max no sabría decirlo. Pero el hechizo, con indiferencia de lo que fuera, se había roto. Carol se volvió.

— ¡Eh, Max! Estabas equivocado con eso de que el sol se moría. Mira, está aquí mismo.

Max no sabía cómo explicarlo.

— No vuelvas a asustarme así, ¿vale colega?”

Vale Colega.

domingo, 6 de junio de 2010

Mr. Worms


Un excelente fragmento de "el Hombre que fue Jueves. Una pesadilla" de G.K.Chesterton:


"...Al entrar en esta sala, sintió que los pies se le pegaban al suelo. Allí, en una mesita arrinconada justo a la opaca ventana que daba sobre la calle cubierta de nieve, estaba instalado el viejo Profesor anarquista, frente a un vaso de leche, con su cara lívida y sus párpados entrecerrados. Syme se quedó tan tieso como su bastón. Y después, fingiendo mucha prisa, pasó rozando al Profesor, empujó la puerta y la cerró con estrépito, y se metió en la nieve. —¿Será posible que me ande siguiendo este cadáver? —se dijo mordiéndose con rabia el bigote—. Sin duda me he entretenido aquí tanto tiempo que hasta este cojirrengo logró darme alcance. Por fortuna con sólo apresurarme un poco puedo ponerme tan lejos de él como de aquí a Tombuctú. ¿Estaré viendo visiones? A lo mejor el pobre hombre no viene siguiéndome, El Domingo no había de ser tan torpe que me hiciera seguir por un lisiado.
Morigeró su marcha, jugó el bastón entre los dedos, y tomó rumbo al Covent Garden. Al atravesar el inmenso mercado, nevaba furiosamente, y el día se había oscurecido como si empezara a anochecer. Los copos de nieve lo atormentaban como un enjambre de abejas de plata. Se le metían por la barba, le pinchaban los ojos, añadiendo su incomodidad a la sobreexcitación de sus nervios. Cuando, con paso vacilante, alcanzó la entrada de Fleet Street, ya había perdido la paciencia: encontró abierto un restaurante de té dominical, y se refugió allí. Pidió, para justificar su presencia, una taza de café solo. Pero apenas acababa de pedirlo, cuando el Profesor de Worms entró cojeando penosamente, se sentó con mucho trabajo y pidió un vaso de leche.
A Syme se le cayó el bastón, produciendo un ruido metálico que acusaba la presencia del verduguillo. Pero el Profesor no levantó la vista. Syme, que de ordinario era hombre tranquilo, se le quedó mirando con el asombro con que el rústico ve una suerte de magia. Estaba seguro de que no le había seguido ningún coche; ningún ruido de ruedas se había oído a la puerta del restaurante; según toda apariencia, aquel hombre había venido a pie. ¡Pero si aquel hombre no andaba más que un caracol, y Syme había volado más que el viento! Se levantó a recoger su bastón enloquecido por aquella contradicción aritmética, y salió empujando las puertas de resorte sin probar el café. En este instante pasaba un ómnibus hacia el Banco a toda rapidez; tuvo que correr para alcanzarlo, pero logró saltar al estribo. Allí se detuvo un instante para tomar resuello, después trepó a la imperial. Haría medio minuto que estaba sentado, cuando le pareció oír detrás una respiración pesada y asmática.
Volvióse rápidamente, y vio aparecer, poco a poco, por la escalerilla del ómnibus, un sombrero lleno de nieve y, a la sombra del ala, la cara miope y los hombros vacilantes del Profesor Worms. Ocupó un asiento con gran cuidado, y se arrebujó en su capa hasta la barba.
Todos los movimientos de aquel cuerpo tambaleante y aquellas manos temblorosas, los ademanes inciertos y las pausas pánicas, hacían indudable que aquel hombre estaba perdido, sumido en la mayor imbecilidad física. Se movía por pulgadas, se tumbaba en el asiento con infinitas precauciones. Y sin embargo, a no ser un mito las entidades filosóficas llamadas tiempo y espacio, era indudable que aquel hombre había corrido para alcanzar el ómnibus."

miércoles, 28 de abril de 2010

Los Lectores

Ya Volker Schlöndorf lo decía, y muy bien, adaptar una novela al lenguaje cinematográfico implica más que solo montar secuencia tras secuencia, ser fiel a la crinografías y a los diálogos implícitos; adapatar una novela implica un esfuerzo de interpretación, de exégesis que va más allá de estar apegados a las intenciones del autor o a las exigencias de la trama. No country for old men de Cormac McCarthy es una novela plana en el sentido estructural de la palabra, una acumulación de descripciones de todo tipo, en pleno el estilo indirecto libre al insertar los diálogos;  los  monólogos del personaje principal, el "sheriff" Ed Tom, siempre en cursivas nos ofrecen sus reflexiones sobre el problema de la violencia en una tierra desmembrada y ausente. El "deep south", la frontera mexicoamericana. "Este país es muy desagradecido con su gente" dice, un país en donde los que corren son los que sobrevivien y los que dan la cara irremediablemente quedan tirados con un balazo en la cabeza. 

Joel y Ethan Coen escogieron el libro perfecto para adaptarlo a su  "scrappbook" de la realidad americana; libro cargado de crinografías y topografías, el lenguaje telegráfico de Cormac McCarthy y su fascinación por la narrativa minimalista hacen de los asesinatos en serie  un mosaico desolador sobre una historia paradigmática en el imaginario norteamericano: el perdido maletín con millones de dólares dentro.

La adaptación del libro que hacen los Coen es impecable, dejan de lado bastantes secuencia narrativas, que si uno las sopesa bien, éstas sobran en la novela. El oficio interpetativo llega a su máxima expresión, pulen la joya del relato de McCarthy y nos ofrecen una película perfecta,  la cual hace evidente la maestría a la que han llegado como lectores de textos literarios. El director y el guionista como interpretes de primer orden de un género que al llegar al cine, casi en todas ocasiones, queda muy mal parado.

miércoles, 14 de abril de 2010

Uno más de Fran

Puzzle


Francisco Aragón

Hace unos instantes pensé en mi vida como un rompecabezas, la imagen no me desagradó porque poco a poco, creo que por fin, todo va cayendo en su lugar y la imagen de fondo se distingue (me parece que se trata de un ornitorrinco gigante destruyendo Nueva York, aunque pudiera ser también una silla), y me da gusto porque aunque me falta acomodar algunas piezas como la disciplina, la sensatez y la tranquilidad, por ejemplo, ya tengo algunas muy importantes como la familia, la imaginación, y el tiempo, que, como dice la canción, está de mi lado.

Sin embargo, me da pavaroti el pensar que en una de tantas veces que el rompecabezas se me ha caído de la mesa alguna pieza se haya extraviado, que el gato se la haya llevado no sé a dónde, que el pliegue del sofá la haya engullido… y yo me quede sin completar mi vida. De hecho, tengo la ruin sospecha de que ya algo me falta, algo importante, y lo sé porque alguna vez lo tuve, y su vacio está desencajando todo lo que ya está armado.

Qué ganas de devolver este rompecabezas… si pudiera recordar dónde lo compré.

lunes, 29 de marzo de 2010

El edificio "E"


A la salud de la serpiente y de los que fuimos


Alquien preguntó ¿qué era?... Omitiendo el universo, era el santuario y la pocilga, el confesionario y el chiquero, el Ágora y la Academia, las escaleras con semen y las menstruaciones de las Doctoras, el color amarillo de Pacheco y el color verde de Ponce; un debate interminable y una conversación infinita. Álvaro y Santiago, Fernando y el Fabo, Sigmund Freud en capilla Kant  siempre de rodillas; el Hermano Francisco y su comisura darketa; los Licenciados Gallegos y Piña, apóstoles de la Misoginia; Cerdos y Sarnosos. Flor de caña blanco, por favor... y otra de Matusas sin hielo y sin rencor; millón y medio de cigarros después; Aurea y los escalímetros, La Flaca  y La Rosa inalcanzable en su Cairo. 


Alberto antes de ser alberto, los cerdos antes de ser Los Cerdos, diez pesos de “sanguichs” de pan duro; el color negro y las botas de cuero, sobredosis de Sabina y Eliseo Diego: "Solos, a solas, con el ron los dos" , un niño llamado Aleph, el saco de brillos verdes de Martín, un pedazo de concreto como silla, el europeo cazador Hassan y el sol de las cinco de la tarde.


¿Qué era el Edifico E? ¡Carajo!...era la vida entera


Era Edgar hablando de von Rezzori, Juan descubriendo a Oé, elefantes y circos, marejadas de Silvio; Francisco en defenza de Caifanes; "I find you in the morning, after dreams of distant signs. You pour yourself over me, like the sun through the blind". Era cantar a gritos sin alcohol, abrazar,  sentir a Belkin en colores; sin ajedrez y sin baraja, sin anfetamina y mariguana,  una lente a 55 y 400,  con el obturador completamente abierto y ese flash que todavía deslumbra, como  también la eternidad que comenzó ese lunes y el día siguiente nunca tuvo nombre... Ese edificio era el espacio, Nuestro Espacio.

Bacho crónico. Corrección prosódica

Está dormido, respira fuerte. Sus compañeros se ríen, lo observo y digo, de seguro su compañero se levantó temprano para ir a trabajar. Un...