lunes, 30 de abril de 2012

Primavera....


La noche de Walpurgis
por Francisco Aragón

29/04/2008

Sin duda es una ironía simpática que el día del niño en México se celebre el mismo día de la Noche de Walpurgis; fecha umbral por excelencia, clave en el calendario mágico tradicional que señala el fin del invierno y el principio de la primavera, por lo que se le relaciona sobre todo con ritos de fertilidad, pero que también marca un periodo, una noche, durante la cual los seres del otro mundo tienen permiso para salir a mezclarse con las personas. Se decía que era un día perfecto para los aquelarres que siempre, si se trataba de aquelarres respetables claro, terminaban en orgía; otra tradición indica también que ese día las hadas cabalgan desenfrenadas barriendo con todo lo vivo que se encuentra a su paso y buscando doncellas y donceles que llevarse a su morada en el otro mundo; también se tenía la creencia que era de mala suerte casarse no sólo el 30 de abril o el primero de mayo sino durante todo el mes de mayo con riesgo de contraer nupcias con una mujer perteneciente al más allá.


Sin saber nada de esto yo viví una experiencia interesante un 30 de abril. Yo era muy joven y había decidido junto con mi novia aprovechar el puente organizando un picnic en un bello valle cercano. No diré que no tomamos nada, nadie que me conozca lo creería, pero hasta ahora aún no me puedo explicar la extraña manera en que el tiempo transcurrió ese día, como si avanzara a grandes saltos; de un momento a otro la luminosa mañana se convertía en frío atardecer y luego la noche ya amenazaba en el lapso de un parpadeo sin que en medio sucedieran eventos que pudiéramos recordar. Ni ella ni yo lo confesamos en ese momento, pero ambos sentimos en varias ocasiones que alguien nos vigilaba sin poder determinar exactamente desde dónde. ¿Por qué nos quedamos tanto tiempo en esas circunstancias? Lo cierto es que al final el miedo nos venció definitivamente y salimos justo a tiempo del valle, tomando el último camión hacia la ciudad. El primero de mayo no nos vimos, teníamos demasiadas cuentas pendientes con el sueño.

domingo, 18 de marzo de 2012

To light the lamp of love in your hearts



Noche 1003

Anoche soñé con el Sai Baba. Entraba en mi cuarto, con ese enorme y envidiable pelo. Maestro Baba, le dije, qué intenciones tiene usted, él me contestó que las mejores y me enseñó sus manos, eran enormes. Me sentí perplejo. Maestro Baba, le dije, qué me va hacer, y con esa voz tierna y tranquila me dice, recuerda que el cuerpo es un castillo y yo sé el lenguaje del corazón. Eso si saca de onda y qué es lo que usted construirá en mi corazón. Me miró perplejo y dijo, no sé, yo solo curo, no arreglo entuertos. Entonces me desperté

Noche 2012

Estaba en un hotel. Era precioso, con roca gris y columnas blancas. Estaba en altos. Abajo una ciudad con canales, con un  río transparente que la atravesaba, el cielo era de azul metálico, al fondo unas nubes negras, enormes y dije: "no, esto no está bien". Y si, de pronto el brazo, la vertical de nubes. Carajo, un tornado ahora y la ciudad a medio camino. La dejará hecha mierda, pensé. El monstruo se acercaba rápidamente, veía como destrozaba la ciudad, volaban escombros por todos lados, el sonido era abrumador. Entonces corría. Sentía el enorme monstruo a mis espaldas, cerca. Entré al cuarto y el Sai Baba me esperaba con los brazos abiertos. Maestro, no joda, nos va llevar el carajo el tornado, le dije. Él me miró y dijo, olvídate de eso, recuerda que yo tengo una lámpara de amor que alumbra tu corazón. Quedé perplejo, afuera el tornado era un bramido espeluznante. Entonces me desperté. Esto no está bien, pensé, ya son dos visitas del Sai Baba en menos de dos meses.

Shalom Night

Yehuda me dice, ¿conoces al Sai Baba, verdad? lo he visto salir de tu casa; es relativo, Yehuda, de pronto se me aparece con esa melena envidiable y me dice metáforas holísticas que todavía no comprendo bien. Yehuda se queda viéndome, mueve la cabeza y suspira; ¡ah qué Marco!, yo que tú me la llevaba tranquila con el Sai Baba. Pero si me la llevo tranquila, le contesto gritando, ¡qué chingaos quieres que haga! si estoy soñando y de pronto ahí está, diciendo que hay un castillo en mi corazón y que él es un arquitecto de horizontes de amor y cosas así. Yehuda entrecierra los ojos y dice, ¿te friquearías si te dijera que yo también hago lo mismo?... ¡Ohhh chingao! alcanzo a escuchar que digo antes de despertarme.

Noche con campanas

Deja que entre en tu corazón, me dijo el Sai Baba; otra vez con eso maestro, le dije, la verdad no quiero que construya un castillo en mi corazón, mejor no la llevamos tranquila maestro. No, dijo, nada de eso, te prometí que escucharías la música de las campanas del alma. ¡No, ya no, le dije, ya basta de entrometerse en mis sueños! me levanto siempre bien sacado de onda. De eso se trata, me dijo, de las ondas, mira, vez mi mano, ya están alterando tus ondas, mira, mira con atención...entonces me despierto. Holístico pensé, me estoy volviendo holístico.


Noche arcaica

Oiga maestro Baba, qué sabe usted de la psicomagia, de los psico-chamanes. ¡Nada, me dice, nada sé de esas charlatanerías! Pero Maestro, le digo afinando los argumentos, mire, mire, ellos también hablan de “los espíritus como cuerpos inhibidores intelectuales”, mire dicen que “las ideas que absorbemos en la familia, como: “el amor no existe”, “el dinero es sucio”, “el sexo es el demonio”, “las mujeres son idiotas”, etcétera, y que, en nuestro presente, limitan el contacto con nuestra lucidez y genio”; le cito de memoria (algo insólito) con mis brazos abiertos. Nada, nada, nada solo acuérdate de los castillos del alma y de las ondas, me dice manoteando, de las metáforas sanadoras y de mis manos, mira, mira mis manos ¡Míralas! No cabe duda, el maese Baba, se pone cada vez más violento en mis sueños. Eso me que saca de onda, pero esto del chaman que todos llevamos dentro ya no me está gustando. ¿Hasta dónde me llevarán los sueños?


El Régimen

Empezaremos por tu alimentación, me dijo el Sai Baba, de ahora en adelante nada de lácteos ni de grasas animales; ¿ni siquiera un poco de queso Sai Baba? si, el queso está permitido, entre más amarillo mejor, recuerda que las frutas amarillas tienen mucha proteína y carecen de ácidos lácticos. El Sai Baba era enfático, yo tomaba nota y asentía con el ceño fruncido, uno debe tener siempre el ceño fruncido cuando se habla de la propia salud. Te alimentarás de carbohidratos vegetales y de vitaminas animales, jugos de jitomate en la mañana, miel con limón en la tarde y cacahuates con ajo en la noche. ¿Con ajo maestro?, así es, el ajo enfatiza la síntesis del metabolismo celular y de la retención de líquidos... carajo, cuando habla así el Maestro Baba ni qué decirle.


La Caminadora

Maestro Baba hice media hora de cardio en una caminadora, sude por todos lados. Así es, con eso se empieza, se suda la frustración de años de ser un perdedor empedernido y un tragón de mierda. No pues Maestro, no me anime de esa manera. ¡Nada, nada! Tienes que seguir con tu dieta macrovitamínica con proteínas vegetales y vitaminas animales. Recuerda, y me señala con su grandísimo dedo índice, recuerda que el fin de esta carrera tiene que ver con la música del amor que voy a tocar en tu corazón... ¡Chale! ¿Todavía sigue con eso maestro Baba?

miércoles, 22 de junio de 2011

Por piernas

Por piernas, siempre se escapa uno por piernas ¿o acaso no es  la luz donde quieres escapar?

viernes, 6 de mayo de 2011

Los recuerdos

Y llené mi pared blanca de recuerdos para no olvidarte. Pero se me acabó el espacio y ya no supe más qué hacer.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Una mínima

Vació la casa. Solo dejó una silla y la cortina en la ventana. Les gustaba sentarse y ver como entraba el aire a ese espacio perfectamente vacío y extraordinariamente lleno. Y así respiró.

La biblioteca de mis sueños

Francisco Aragón 
9/01/2008 
Es sabido que una de las bibliotecas personales más grandes e importantes de América es la que reunió José Luis Martínez (1918-2007) en su propia casa en la Ciudad de México. Crítico e historiador de la cultura mexicana (ÉL estudioso de literatura mexicana por antonomasia), ha dejado, al morir, una duda sobre el destino de su impresionante biblioteca; por supuesto cada institución medianamente relacionada con la cultura ha estirado la mano para decir “yo”, según algunos comentarios tal vez las más aventajadas sean la Sociedad Mexicana de Escritores, la Academia de la Lengua, o la propia UNAM, e incluso se corre el escalofriante rumor de que su sarcófago, construido ex profeso, sea la deforme y enferma macro biblioteca José Vasconcelos. Sólo espero que sea posible la voluntad del difunto de conservar el total del acervo unido y no repartirlo en varios lugares, lo cual sería lo más lamentable salvo que suceda lo que está tan de moda últimamente y la dicha biblioteca termine en alguna universidad estadounidense.
Sólo una vez pude conversar con José Luis Martínez, fui a visitarlo a su casa con el fin de solicitarle la autorización para publicar un antiguo trabajo suyo en una nueva antología sobre Nervo; en esa ocasión me recibió en su despacho y a pesar de sus 82 años fue muy amable y trató de interesarse por mi conversación, sin embargo era evidente para los dos que el trámite debía concluirse rápidamente, así que apenas hablamos de Nervo, un segundo sobre Tario (de quien fue amigo personal y primero en reconocer su talento) un poco más sobre sus bellos gatos, y abusando de mi suerte le pedí me dedicara su libro más clásico Literatura mexicana siglo XX 1910-1949, en una reedición de la cual al parecer él no tenía conocimiento.
Además de la amabilidad del sabio viejecillo, recuerdo que me impresionó mucho aquella habitación, las paredes tapizadas de libros, incluso hasta una puerta al fondo que al cerrarla era una estantería más y al abrirse me dejaba imaginar pasadizos de libros que daban a habitaciones de libros y salas con una flora interna de volúmenes encuadernados que colmaban cada posible ángulo de la casa.
El breve encuentro terminó y salí de allí todavía un poco mareado por mis imaginaciones, noté entonces que los muros externos de la casa estaban completamente cubiertos por enredaderas y volví a pensar en los libros apoderándose del espacio vital por dentro, mientras por fuera las plantas recobraban de alguna forma la casa para la naturaleza.
¡Ay mi pasado ecosistema nerviano!, con su jungla de trabajos, con sus presas y sus depredadores, alguna gema extraje (si bien no la que quería) de los turbulentos ríos de aquellos días.

martes, 21 de septiembre de 2010

Yo cultivo en mi corazón dos esperanzas



La puerta en el muro


Francisco Aragón (1973-2008)
 
El protagonista del cuento “La puerta en el muro” de H. G. Wells vive una circunstancia terrible. Cuando tenía ocho años se topa con una enigmática puerta y no puede resistir el traspasarla, al otro lado encuentra ni más ni menos que un jardín encantado en donde todo le parece maravilloso; lo reciben dos panteras negras que pueden comunicarse con él amablemente y que se convierten en los compañeros de juegos ideales para el chico quien se siente completamente feliz. No obstante tiene que salir del jardín para volver a su casa prometiéndose que volvería lo antes posible para reanudar esa dicha indescriptible, sin embargo, y esto es lo terrible, nunca más vuelve a encontrar aquella puerta.


La vida de este niño que se hace hombre se desarrolla normal, su personalidad competitiva y ambiciosa lo convierte en un importante funcionario pero descubre que el vacío que dejó la perdida de su jardín no puede ser sustituido por ninguna otra satisfacción, y que se ha entregado a una existencia gris en lugar de tratar de recobrar la felicidad, es entonces cuando, ya en su madurez, desespera.


Sin contar el final de la historia (el cual inscribe a este cuento dentro del muy restringido género de lo fantástico), puedo agregar que se trata de un tema común en la literatura, repetido en infinidad de motivos: el paraíso perdido, metáfora del fin de la inocencia, de la enajenación del hombre, crítica al materialismo, etc., Leído como cuento de hadas el reino otro al que accede el personaje, ese mundo paralelo sublimación del nuestro es eso, un reino feérico, por lo tanto también puede ser entendido como el reino de los muertos.


¿Hay vida después de la vida?, ¿de verdad existe el amor después del amor?, ¿podremos regresar a nuestro jardín o en realidad hemos muerto al entrar allí y al salir sólo somos un cascarón de nosotros mismos, arrastrando los años con los pasos erráticos hasta que un accidente de microbús nos devuelva a nuestra mitad que significa? Yo cultivo en mi corazón dos esperanzas.

viernes, 2 de julio de 2010

El nieto de Bébert


Un gato 

George Steiner 

Bébert era un gato atigrado de Montparnasse, nacido probablemente en 1935. Encontró a su segundo amo en el París ocupado a finales de 1942. A Bébert —“la magia misma, el tacto por longitud de onda”, como lo describió su amo— se hizo necesario abandonarlo cuando el amo y la esposa, Lucette, se esfumaron en dirección a Alemania en la pavorosa primavera de 1944. Bébert no aceptó la separación. Fue transportado en el saco de viaje. El periplo los condujo por cráteres lunares de bombas, ferrocarriles destrozados y ciudades ardiendo como antorchas enloquecidas. Bajo los bombardeos, Bébert, medio muerto de hambre, se perdió, pero volvió a encontrar a su amo y a madame. El trío cruzó y volvió a cruzar el Reich en pleno hundimiento. En un último y desesperado empujón, llegaron a Copenhague. Cuando la policía danesa fue a detener a aquellos huéspedes inoportunos, Bébert se escabulló por un tejado. Luego de que lo atraparon, el legendario animal fue enjaulado en la perrera de una clínica veterinaria. Cuando su amo fue liberado de la cárcel y se recuperaba, Bébert tuvo que ser operado de un tumor canceroso. Pero el felino de Montmartre estaba de vuelta de todo. Resistió el trauma y tuvo una rápida recuperación, con la serenidad, más lenta y sabia, de los gatos que van envejeciendo; fiel, silencioso y enigmático.

Amnistiado, el patrón de Bébert tomó el camino de su casa a finales de junio de 1951. Cuatro gatos menores —Thomine, Poupine, Mouchette y Flúte— les acompañaron en el viaje. Con aspecto de esfinge desde hacía años, Bébert, que compartía tantos secretos, murió en un suburbio de París a finales de 1952. “Después de muchas aventuras, cárcel, vivaques, cenizas, toda Europa […] murió ágil y gracioso, impecablemente, esa misma mañana había salido de un brinco por la ventana […] ¡Nosotros, que nacimos viejos, parecemos ridículos en comparación!”. Así escribió su afligido amo, Louis-Ferdinand Destouches, quien se firmaría Céline (tomado de la abuela), médico, paladín de la higiene social entre los desposeídos, trotamundos en África y en Estados Unidos, excéntrico chiflado. Sería un placer informar sobre Bébert. Sobre Céline, no.

Texto publicado en Nexos, México, Julio del 2010 

sábado, 26 de junio de 2010

Un monstruo a rayas

El universo está lleno y de pronto se convulsiona: una explosión, un caos reverberante que no para hasta destruir todo: los árboles, el nido, una ciudad entera; y el insólito sol que no desaparece. Pero siempre queda ese vacío al final del frenesí y las caras largas y los gritos desesperados, esa incomprensión brutal derritiendo la nieve y las entrañas. No hay ideas hay impulsos: ganas de gritar, una línea recta que debe recorrerse hasta el final. No es la mala conducta o el diablo en el cuerpo, es algo antes de la razón, un río desbocado, interno y eterno. Dave Eggers sabe de la angustia del niño hiperactivo, el niño que no piensa y solo actúa, esos seres extraordinariamente operativos, no existen las dudas y tampoco las reservas y el pronóstico, solo existe la siguiente acción, una secuencia inmensa que no termina, y lo que es peor, con el aburrimiento acechando en cada poro, en cada exhalación, esperando, paciente para detenerlo y echarlo a perder todo.


El narrador está muy cerca, demasiado cerca, casi un alter ego. Le duele la condición extradiegética. Y sin embargo Eggers sabe que en esta historia es necesaria la “distancia”, un extrañamiento casi doloroso; Los Monstruos se convierte así en un relato en donde el narrador asiste y desiste en convertirse en protagónico, está muy cerca, Max lo ve a los ojos, pero no lo reconoce, como no reconoce el mundo entero que insiste en no saber de ese río de frustraciones que le cubre el cuerpo con su disfraz de niño lobo.

Asistir a un relato de Dave Eggers es enfrentar un universo regido por un aliento absurdo, pero no por que pierda el sentido sus historias, sino porque estas historias adquieren sentido a través de la perspicacia de un narrador que reconoce en sus personajes que la vida está plena de sinsentidos. Al igual que Foster Wallace  Dave Eggers se regodea en la mediocridad cotidiana de una sociedad que tiene todo menos sentido, sentido de orientación y de reserva: por eso el símil del niño hiperactivo y el universo todo: la constante es la acción, el no aburrirse, en desechar las consecuencias, en divertirse: Max llega a la isla de donde vienen los Monstruos después de una fuga insensata de una realidad que lo detesta: se embarca a “lo loco” en una nave, un viaje que a bien no sabemos si termina en el delirio del hambre, en la pesadilla o en el advenimiento de un mundo fantástico lleno de Monstruos.

Las palabras pesan, tienen un sentido y un significado; por eso debes tener reservas, cuidado con lo que dices: siempre hay alguien que toma tus palabras como un hecho y no como una hipótesis:

“…Y entonces, por fin, cuando finalmente el amarillo líquido del sol se abrió paso, el cuerpo de Carol se relajó y luego se sacudió a oleadas, como si riera o llorara. Max no sabría decirlo. Pero el hechizo, con indiferencia de lo que fuera, se había roto. Carol se volvió.

— ¡Eh, Max! Estabas equivocado con eso de que el sol se moría. Mira, está aquí mismo.

Max no sabía cómo explicarlo.

— No vuelvas a asustarme así, ¿vale colega?”

Vale Colega.

domingo, 6 de junio de 2010

Mr. Worms


Un excelente fragmento de "el Hombre que fue Jueves. Una pesadilla" de G.K.Chesterton:


"...Al entrar en esta sala, sintió que los pies se le pegaban al suelo. Allí, en una mesita arrinconada justo a la opaca ventana que daba sobre la calle cubierta de nieve, estaba instalado el viejo Profesor anarquista, frente a un vaso de leche, con su cara lívida y sus párpados entrecerrados. Syme se quedó tan tieso como su bastón. Y después, fingiendo mucha prisa, pasó rozando al Profesor, empujó la puerta y la cerró con estrépito, y se metió en la nieve. —¿Será posible que me ande siguiendo este cadáver? —se dijo mordiéndose con rabia el bigote—. Sin duda me he entretenido aquí tanto tiempo que hasta este cojirrengo logró darme alcance. Por fortuna con sólo apresurarme un poco puedo ponerme tan lejos de él como de aquí a Tombuctú. ¿Estaré viendo visiones? A lo mejor el pobre hombre no viene siguiéndome, El Domingo no había de ser tan torpe que me hiciera seguir por un lisiado.
Morigeró su marcha, jugó el bastón entre los dedos, y tomó rumbo al Covent Garden. Al atravesar el inmenso mercado, nevaba furiosamente, y el día se había oscurecido como si empezara a anochecer. Los copos de nieve lo atormentaban como un enjambre de abejas de plata. Se le metían por la barba, le pinchaban los ojos, añadiendo su incomodidad a la sobreexcitación de sus nervios. Cuando, con paso vacilante, alcanzó la entrada de Fleet Street, ya había perdido la paciencia: encontró abierto un restaurante de té dominical, y se refugió allí. Pidió, para justificar su presencia, una taza de café solo. Pero apenas acababa de pedirlo, cuando el Profesor de Worms entró cojeando penosamente, se sentó con mucho trabajo y pidió un vaso de leche.
A Syme se le cayó el bastón, produciendo un ruido metálico que acusaba la presencia del verduguillo. Pero el Profesor no levantó la vista. Syme, que de ordinario era hombre tranquilo, se le quedó mirando con el asombro con que el rústico ve una suerte de magia. Estaba seguro de que no le había seguido ningún coche; ningún ruido de ruedas se había oído a la puerta del restaurante; según toda apariencia, aquel hombre había venido a pie. ¡Pero si aquel hombre no andaba más que un caracol, y Syme había volado más que el viento! Se levantó a recoger su bastón enloquecido por aquella contradicción aritmética, y salió empujando las puertas de resorte sin probar el café. En este instante pasaba un ómnibus hacia el Banco a toda rapidez; tuvo que correr para alcanzarlo, pero logró saltar al estribo. Allí se detuvo un instante para tomar resuello, después trepó a la imperial. Haría medio minuto que estaba sentado, cuando le pareció oír detrás una respiración pesada y asmática.
Volvióse rápidamente, y vio aparecer, poco a poco, por la escalerilla del ómnibus, un sombrero lleno de nieve y, a la sombra del ala, la cara miope y los hombros vacilantes del Profesor Worms. Ocupó un asiento con gran cuidado, y se arrebujó en su capa hasta la barba.
Todos los movimientos de aquel cuerpo tambaleante y aquellas manos temblorosas, los ademanes inciertos y las pausas pánicas, hacían indudable que aquel hombre estaba perdido, sumido en la mayor imbecilidad física. Se movía por pulgadas, se tumbaba en el asiento con infinitas precauciones. Y sin embargo, a no ser un mito las entidades filosóficas llamadas tiempo y espacio, era indudable que aquel hombre había corrido para alcanzar el ómnibus."

Bacho crónico. Corrección prosódica

Está dormido, respira fuerte. Sus compañeros se ríen, lo observo y digo, de seguro su compañero se levantó temprano para ir a trabajar. Un...