lunes, 30 de noviembre de 2009

Las Tribulaciones del General Rauda (9)


                                                                    IX 

Los Federales estaban aterrorizados. Sus ojos brillaban en la obscuridad, enormes, pasmados, viendo de cerca el reino de los muertos. Disparaban a la obscura multitud de árboles que les rodeaba. Ocasionalmente una sombra se escabullía por los troncos y allí paraba una insensata descarga de decenas de rifles. Estaban enloquecidos por esos gritos, a veces tan lejos a veces tan cerca; disparaban a donde fuera; y cuando menos se lo esperaron se quedaron sin parque y unas sombras les apuntaban con un frío metal muy de cerca en la cabeza.

“Al suelo, pendejos.”

Se quedaron con la boca besando la tierra. Una voz horrible comenzó a hablarles, a decirles razones, les soltó una arenga difusa, extraña y cuando terminó la sangre se les detuvo como sorprendida.

“Mátenlos a todos”

“¡No, por el amor de dios, no nos maten!.” Chilló un soldado desesperado.

El general Rauda se acercó al soldado y le dijo muy quedo al oído: “Qué sabes tú de Dios, hijo de la chingada, qué sabes tú.”

Y una ráfaga de metal le deshizo el cráneo y se soltó el relámpago. Por primera vez estaban realmente juntos, entraña con entraña, mezclándose su sangre. Ni siquiera un grito. Solo la desagradable fascinación de encontrarse ya muertos.

Martín Rauda tenía el gesto distorsionado de la venganza, saboreaba la consistencia de la sangre derramada. Olía fascinado el aroma de los huesos rotos. Cesaron los relámpagos y por un momento solo se apreciaba un leve sonido, el mismo que se oye cuando se deslizan las serpientes, cuando los intestinos, a cielo raso, buscan  el calor del cuerpo, la corriente ardiente de la sangre, esa misma que ahora era una laguna espesa en medio de la noche.

sábado, 28 de noviembre de 2009

La Tribulaciones del General Rauda (8)


                                                                    VIII 
Era mayo y la tierra hervía. El día estaba muy opaco, ninguna nube en el horizonte y el azul del cielo estaba muy difuso, como borrosa la vida. El calor era espeso y  provocaba que por las mejillas  resbalaran gruesas gotas de sudor; a pesar de eso, los niños jugaban con los cumbos amarrados en  hilos, como globos, girando y haciendo círculos en el aire hasta que el ruido salido de sus cortas alas se apagaba y se estrellaban en el polvo suelto y seco. Sobre el lago flotaban los simulacros, se confundían con el bochorno.

En medio del fragor de aquellos elevamientos un silencio extraño, poco a poco, se dispersó por todos lados. Los niños lo sintieron. Todo estaba como bajo el agua. Se miraron, hasta que un grito dispersó la inercia:

“¡Iren, iren allá arriba, en el cielo, iren!”

Los niños observaron el firmamento. Líneas luminosas atravesaban el azul opaco.

“¡Quéseso, quéseso!”  Gritó espantado un niño.

Martín Rauda miró la lluvia de estrellas y sus ojos comenzaron a hervir en agua.

“Qués, Martín, qués”  lloraba el niño y temblaba.

Rauda no contestó. No le salían las palabras, no brotaban. Pero su corazón se hinchó, como reventándole por un grito. Ya la multitud de niños corría hacia el pueblo.  Martín se quedó mirando los meteoros y pensó:

“Son rasguños de Dios. Quiere decirnos algo… pero el cielo está muy duro, muy duro.”

viernes, 27 de noviembre de 2009

Las Tribulaciones del General Rauda (7)


                                                          VII

“Siéntese usted aquí, mi general, mire que bonito se ve el lago, siéntese usted, háganos ese chingado favor.”
Rauda sangraba por la nariz y por la boca, apenas podía ver por un ojo y por el otro solo se asomaban las sombras y las luces incandescentes.
 “¡Ah que Rauda tan pendejo, cómo se te ocurrió volver!”
 Martín resoplaba, el bigote estaba adornado con sangre coagulada. Le dolían las costillas y los dedos los tenía fracturados, tenía dos balazos en una pierna y sin embargo una ligera sonrisa se dibujaba en sus hinchados labios.
 “Qué bien nos quedastes pinche Martín, qué les hicistes a las bolsitas que le mandamos al Inés”
 Y sin embargo algo raro comenzaba a suceder, de pronto Rauda dejó de sentir dolor y recordó lo fría que era el agua del lago en la Pacanda, lo dulce que eran los duraznos de la Mora, el sonido del agua brotando de aquel ojo insólito . Recordó también aquella vez cuando sacaron al Santo Niño  para pasearlo por las siembras para que terminara la sequía.
“Déjate de reír como  pendejo, Rauda, dónde enterrastes las pinches monedas”
Era extraño, muy extraño, ya no veía a los hermanos Chávez, no sentía su cuerpo y sin embargo una paz inmensa le cobijó como la lluvia, sentía claramente en el rostro el aire templado de los días de Septiembre y recordó aquella madrugada, hacía ya muchos años, cuando llegó a Erongarícuaro, disfrazado de arriero, con el rostro frío y el alma caliente, y escuchó, por fin, la voz, aquella voz retumbando por el templo, la misma que le arrebató de su cuerpo, aquella mañana, cuando su corazón se hinchó de alegría, cuando el prodigio se anunció con las primeras luces del amanecer.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Las Tribulaciones del General Rauda 6


                                                       VI
“¿Pa´qué sirven esas varas que están en el lago, Martín?”

Preguntó, Carlos Tajimaroa a Rauda cuando pasaban por el embarcadero de Erongarícuaro. Martín miró las chuspatas que ondulaban con el aire del amanecer por sobre las aguas cristalinas del lago, entonces una nube negra y espesa se posó en sus ojos, su mirada se ausentó. Rauda no contestó.

Los jinetes llegaron al pueblo, quieto y envuelto en niebla, atravesaron la plaza y se dirigieron rumbo al camino a Pichátaro, subieron por la calle de don Urbano, y Tajimaroa, alegre y rubicundo, no paraba de hablar.

“Qué crees que nos pasó lotra vez, estábamos con los Orozcos en Uruapan, echándonos unos chingueres, cuando en eso un chiquillo empezó a gritar, iren, iren allá arriba, y que voltiamos todos y que vemos unas bolas rojas, Martín, bien grandotas que pasaban, así, rápido por el aire, eran tres y se fueron rumbo a Tancítaro. Todos nos quedamos callados ¿qué serían tú?”

Martín Rauda no lo escuchaba, seguía con nubarrones la mirada, estaba atribulado. Amanecía y el sol cuarteaba las tinieblas haciendo evidente los simulacros que flotaban sobre el lago. Pero a  Carlos Tajimaroa, el silencio de su acompañante no le importaba, no paraba de hablar, parecía un niño en su primer viaje:

“Oye, Martín, me dijieron que Inés Chávez te anda buscando, que te va matar,  es bien carajo ese Inésa, la otra vez agarró a balazos a su sobrino Carlitos cuando supo que andaba robándose los duraznos, cuidate Martín, no te vayan a chingar...”

Ya los jinetes subían la cuesta hacia la Mora entre los pinos y los eucaliptos, cortaron duraznos y escucharon el sonido de un alicante al escaparse, los cumbos chocaban en su tambaleante volar con las patas de los caballos, el olor de la yerbabuena les inundaba los pulmones; todo esto a Carlos Tajimaroa le prodigaba el corazón de alegría, ya se quitaba la cobija que traía en las espaldas y se la volvía a poner, no dejaba de hablar y de reírse, manoteaba en sus explicaciones y remedaba y hacia gestos y se carcajeaba. Rauda estaba serio, con la mirada espesa, sin embargo eso no preocupaba al de Uruapan, el cual se desbordaba en explicaciones:

“¡Pinche, Martín!, me contaron lo que hicistes la otra vez en la casa del Dotor Orozco, ya ni la chingas cabrón, cómo se te ocurre decir esas adivinanzas,  tú con tus chingaderas,  no pues cabrón, te van a fusilar por grosero, piénsala pues chingao...”

Hacía el medio día llegaron a un páramo donde había una siembra de maíz. El silencio era profundo, no se escuchaban los pájaros ni el reptar de las serpientes ni siquiera los grillos. Pichátaro estaba cerca y de pronto, Rauda paró su caballo y observó derecho a Carlos Tajimaroa, éste lo vio:

“Qué pues, qué  pasa"

 “Pus para hacer petates.”  Contestó Rauda, y de sus ojos desaparecieron los espesos nubarrones.

 “¿Qué?” Respondió pasmado Carlos “¿Petates? Y eso qué pues, qué trais pues  Martín.”

  “Para eso sirven esas varas que hay en el lago, pus pa´qué mas."
   "Ah" Contestó Carlos entornando los ojos

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Las tribulaciones del General Rauda 5



                                                            V
El horizonte era cobrizo y el lago se veía como una charca de lodo negro. El rayo quemaba y un caballo en el llano corría nervioso y sudoroso hacia un corral. Todo estaba bajo una calma tensa, profunda. 

 “Está dura la calor, edá.”
  
“Ey”

 Detrás de la sierra se anunciaban enormes nubes de cobre oxidado. Dos , con  sombreros de paja y  pantalones de lona, se refugiaron del sol en un tejado.

 “¿Supistes que se chingaron al Rauda?”

 “¡Aaah cabrón!  a poco se chingaron al Rauda ¿ónde tu?”

 “Se lo chingaron allá por las Palmas.”

 "Quiénes, tú."

"Los cabrones esos de los Chávez, ya vez cómo son"

La sierra ya no se veía,  una masa gris oscura se la había tragado. Una infinidad de grillos entonaban una sinfonía nerviosa. Comenzaron a volar los zánganos y los mayates. Una onza atravesó corriendo el maizal. Un viento húmedo deshizo la inmovilidad de los pensamientos y de la muerte. Todo se volvía a poner en marcha, ya goteaba por todos lados y las nubes giraban rápidamente sobre el lago.
  
“¿Tás seguro que se chingaron al Martín?”

 “Te digo que sí, lo dejaron todo agujeriado. El padre Jaén fue a recogerlo,  le quitó medallita  que traía en  el pescuezo y la puso en el altar…¡Ah, cabrón!, mira, mira allá, está bajando una culebra, ámonos a la fregada!”

Un pedazo de nube se hizo puntiagudo, bajó como un brazo y le pegó de lleno al lago. Empezó a girar. Todo comenzó  girar. A final de cuentas, todo gira en esa enorme nube negra de muerte y de recuerdos.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

La perplejidad de Mr. Thursday



La historia de los versos, de la versificación, de las poéticas y las retóricas, de la inspiración y el ingenio explica, a veces de manera exagerada, el cómo un lector y un escritor se comunican por medio de la interpretación de unos cuantos signos lingüísticos, de sonidos rítmicos y de imágenes concretas. Tensar la cuerda, decían, es tensar el entendimiento, el momento en que algo “suena” en el interior del lector cuando escucha un par versos, una acumulación de sonidos y significados que le dan sentido al contexto, a los recuerdos o a los sentimientos. No es una tirada de mil doscientos octosílabos  o una novela de la subconsciencia, no, son apenas unos versos, dos renglones tal vez: una concisión perfecta, que no un aforismo o un concepto, una estrofa que renueva la esperanza en un lenguaje dominado por las estupideces y las deformaciones.
Esto sucede con mayor frecuencia en ese enorme “hoyo negro” que resulta la música popular, tan excedida de sentidos y repeticiones, tan superficial e insulsa; las concisiones surgen por sorpresa, despiertan, sin más, a la mitad de algún acorde, entre los estribillos necios de una balada o las ridiculeces melodramáticas de la música para adolescentes, aparecen frases como rocas, como una barda de sentido, la metáfora asomando la cabeza por el balcón como esos personajes extraordinarios de G. K. Chesterton.
Las sorpresas abundan, y no queda sino adoptar el rol de Mr. Thursday ante la perplejidad cambiante y fascinante del  escurridizo Mr. Sunday: “Ya no soy la roca que golpea las olas/ soy de carne y hueso” (Manuel Alejandro), las comparaciones abundan, las metáforas también, las alegorías están por todos lados, Quintiliano se sentiría orgulloso de la enorme fortaleza lingüística de esta esfera musical, pero también estaría horrorizado de lo mucho que hay que nadar en este mar de mierda para llegar a esto: “Y me vi consultando a un sabio mentor/¿qué le pasa a la gente cuando se hace mayor?/y me vi en cada casa buscando el amor/ pregunté ¿en qué pensaba Dios cuando te creó?”(Abraham Boba).
Hacer listas, dice Umberto Eco, es la pasión de los que se dedican a la investigación y al estudio organizado de cualquier cosa, es el mal del coleccionista, el taxónomo frenético con el sudor en la frente, lo mismo el poeta con las enumeraciones, la mayoría excesivas, solo algunas afortunadas: “Aquí está el fugitivo de siempre/ Aquí la eternidad que fue un instante / Aquí donde ninguno de vosotros se atreve / Aquí nuestros besos comunicantes / Aquí no hay nadie a quien seguir/ Aquí que nadie es un huésped fijo /Aquí sigo viviendo bien sin mí / Aquí sólo quiero estar contigo” (Enrique Bunbury).
En ocasiones se llega al exceso de predicar, de dar cátedra o de simplemente regañar y dar consejos, amontonar adjetivos y despreciar los verbos, le ha pasado a Joaquín Sabina, a Silvio Rodríguez, a Patxy Andión; sin embargo la ironía se atraviesa reclamando su retórica, su ars poética y se anuncian manifiestos: “y tengo un ambicioso plan: consiste en sobrevivir” (Nacho Vegas) o quizá un esfera sin pulir, en toda la cuadrada, dispar y desordenada obra de Andrés Calamaro: “vivir así no es vivir / esperando y esperando / porque vivir es jugar / y yo quiero seguir jugando / le dije a mi corazón / sin gloria pero sin pena / no cometas el crimen, varón / si no vas a cumplir la condena” Las asonancias y las consonancias no son una virtud son una necesidad para alguien que canta Andrés, dice Mr. Sunday, hay que hacerle caso a la rima y sobre todo a la paciencia. En ocasiones da la impresión que en este mar de sonidos y en este océano de asonancias la paciencia en verdad sería el filtro necesario para volver al Romance, al fronterizo, al viejo, al que cuenta una historia porque le da la gana cantarla, pero contarla bien: “Y no me habléis de eternidad / No me habléis de cielos ni de infiernos más / ¿No veis que yo le rezo a un dios que me prometió / que cuando esto acabe no habrá nada más? / Fue bastante ya” (Nacho Vegas) En fin, bien dice el admirador, fue bastante ya…
(Imagen de Pedro Covo: http://www.flickr.com/photos/pedrocovo/)

jueves, 29 de octubre de 2009

Las Tribulaciones del General Rauda 4


IV
“¿Qué es algo duro, largo y grandote que tengo aquí, entre las piernas?”
El aire se tensó como la soga de un colgado. La mujer de Florencio Madrigal miró maliciosamente a Rauda, el doctor Orozco se sonrojó de la cólera. El general Inés Chávez le lanzó una mirada fiera.
“Qué es, pues” - imprecó Rauda tranquilamente.
“¡Ay! cómo es usted general, siempre tan bromista” - dijo la señora del general Mendoza.
“Contesten, pues, qué es, a ver” - presionó Rauda enrareciendo el ambiente y volviéndolo espeso, anunciando el brillo negro de los revólveres. Solo entonces, y con la firme y malvada intención de que las tropas se quedaran sin generales, Mechitos Santoscoy, con su enorme sonrisa y su voz chillona, afiló navajas:
“No, general, no le atinamos, qué es eso que tiene usted tan grande y tan grueso entre las piernas.”
Inés Chávez recorrió fugazmente su mano hacia el revolver y miró de reojo a Rauda, quien sin alterarse sonrió y dijo:
“Pues la pata de la mesa, pues qué más iba ser.”

jueves, 22 de octubre de 2009

Las tribulaciones del General Rauda 3


III

El pueblo se veía lejos. Una línea brillante partía el lago multiplicando el rostro de la luna. La sierra se anunciaba como un enorme monstruo hecho de sombras. Rauda suspiró desencantado. Todo había terminado, lo sabía muy bien. Ahora vendrían las necesarias venganzas, las persecuciones, el esconderse como los alicantes y los escorpiones. El aire húmedo bajaba de la sierra precipitándose por entre los espinos y los cedros. Parecía imposible que la revelación no llegara. Unos balazos se escucharon muy lejos. En otros tiempos todo hubiera sido distinto, ahora solo quedaba el reflejo, ese movimiento necio de su mano rumbo a la pistola. Nada más.
Era inconcebible que el milagro no irrumpiera. Tal vez si fuera al pueblo, pero no, cualquiera en estos días lo mataría sin dudarlo. Tengo que platicar con él, pensó Rauda angustiado, tengo que decirle.
Unas hormigas en una piedra arrastraban un enorme gusano, las nubes blancas se iluminaban con la luz incierta de la luna. Rauda se sintió desamparado. Si tan sólo pudiera platicar con él, decirle de sus horrorosas noches en Tierra Caliente, de sus pesadillas llenas de ojos desorbitados, de gritos endemoniados y de intestinos como víboras tragándoselo; decirle que todo había ocurrido por ver el agua de las grutas de la Mora, todo se había puesto oscuro después de eso.
En la lejanía los disparos se seguían escuchando. Y sin embargo todo estaba en su lugar, se respiraba una normalidad pesada, no se escuchaban gemidos ni voces sin garganta, tampoco se veían luces en el cielo ni se sentía ese estremecimiento que acompaña a todas las Anunciaciones. Nada. Rauda se sintió vacío. Anhelaba pisar el templo,  ver las piedras del altar, la mirada del señor de la Misericordia, sus llagas, su corona, pero por sobre todo, escuchar su voz, esa voz profunda diciéndole: “Todo va estar bien Martín, mañana estarás conmigo en el Paraíso”. Pero no podía hacer nada. No pasaba nada.Todo mundo lo buscaba. El pueblo estaba tomado por los federales. Era imposible que a estas alturas el milagro no llegara.

miércoles, 14 de octubre de 2009

La Tribulaciones del General Rauda 2


II
Las noticias llegaban como las lluvias: abundantes y tormentosas: Martín Rauda, que a bien no se sabían sus filiaciones políticas, "sus creencias y sus ideologías" asolaba los estados del bajío mexicano. Donde quiera se aparecía emboscando Federales en los llanos de Guadalajara, en los ranchos de Capacuaro, en las barrancas de Amealco, en la sierra se quejaban pues  acosaba y extorsionaba a los Agrarios de Pichátaro, otras veces, con banda y cuete, entraba gritando por la puerta grande en Uruapan, o había noticias de una tremenda boda con una tierracalenteña en Tumbiscatío.
En todos lados se hablaban de los excesos del general Rauda, en las cantinas, en las escuelas, en los noticieros radiofónicos: “Los bandidos dirigidos por el forajido Martín Rauda han atracado la ciudad de Zamora. El saldo es de veinticinco mujeres violadas, trescientos hombres fusilados...”
Todo era muy difuso, extraño, hiperbólico, cosas de más, cosas de menos, cosas no dichas; pero lo cierto era que las historias fluían  como crecida de cerro y Martín Rauda seguía cabalgando por los páramos de Occidente. Tan inauditos acontecimientos solo provocaban pena ajena, vergüenza y furia, demasiada furia.
Hasta que una noche, a la mitad de una sofisticada cena, en el deslumbrante  Castillo de Chapultepéc, el Jefe Máximo se meció el bigote, entrecerró los ojos  y se paró gesticulando  después de que un joven cadete le murmuró unas palabras al oído. Una junta extraordinaria exigía su presencia. Minutos después, y  a pesar del tintineo de los cubiertos de fina plata, de los acordes de fina música, de las risas desahogadas y de los discretos brindis; en todo el salón se escuchó claramente una consigna: 
“¡Quiero que me traigan la cabeza de ese hijo de su chingada madre!”

sábado, 10 de octubre de 2009

Las Tribulaciones del General Rauda 1


                                                I
“General, general, siéntese usted aquí, por favor mi general; mire, mire, aquí se ve bien bonito el follaje”
El general barrió con la mirada la finca de don Ernesto Madrigal y se sentó resoplando ante una mesa llena de viandas y bebidas caras. Saludó a los presentes con un rápido movimiento de mano, mientras sus ojos observaban ansiosos el horizonte.
“Mi general -se esmeraba don Ernesto- pruebe usted estas corunditas rellenas, mire, póngale usted esta salsa, está buenísima.”
Rauda devoró una corunda  con mucha salsa, resoplaba al masticar y no dejaba de mirar los cerros detrás de la casa. La reunión se animó  cuando llegaron  las carnitas con  el churipo, los calzones del diablo y el caldo de pescado, el cuerpo del general se movía pendularmente, mientras su mirada obstinada trataba de descifrar el horizonte sin conseguirlo.
“¿Verdad que es hermoso el follaje, mi general?”  - Dijo don Ernesto mientras observaba orgulloso su finca.
“¡Qué no veo esa chingadera, hombre” - explotó Rauda.
“¡Qué pasa, mí general -imprecó don Ernesto, pálido y con voz temblorosa- qué es lo que usted no ve, mi general!”
“Pus eso, chingao, a ver si quitan esas pinches ramas para ver el follaje.”

miércoles, 7 de octubre de 2009

El hada verde


Dicen que a Baudelaire, en el 48, se le vio por las calles de Paris con un fusil en las manos arengando a las multitudes a intentar la revolución. Se sabe también que la noche anterior el señor de los paraísos artificiales había ingerido algunas copas de ajenjo, bebida verde que según palabras de Thomas de Quincey, es el menstruo de las hadas asesinas. Combinación mortal: revolución y ajenjo; al parecer la más original revolución decimonónica fue propiciada por los ardores del hada verde. Se sabe que Rimbaud la tomaba al igual que Alfred Jarry, el mismo que murió de una sobredosis del verdoso menstruo: poética justicia para aquel que creo la estética del absurdo; pues absurdo fue, sin duda, morir de verde, en ese mar verde y con esa muerte verde; sinestésico desenlace, de ahí los versos de Lorca, verde que te quiero verde, verde viento, verde agua. El verde marcó también a Edgar Poe, los demonios que lo atormentaron en sus noches de delirium tenían el rostro verde, verde era la baba de sus difuntos y el olor de sus masacres en aquellos polos árticos insólitamente verdes.

Los naturalistas y los realistas no eran muy coloridos, salvo las sonrojadas mejillas de Fortunata al ver la virilidad de Juanito Santacruz y el bucólico adulterio de Bovary teñido en un rosa recatado, los colores desaparecen de sus textos, los cuales se sofocan de luz, un exceso de luz que alumbra y descubre el color del sexo escondido, siempre velado y difuminado en descripciones eufemísticas sobre penes erectos y vaginas dispuestas.

El universo del sexo está por todos lados en las páginas decimonónicas pero nunca se dice directamente, no se nombra. La novela rosa, tan cara a Torres Bodet y a Valery, nace del ocultamiento del color del sexo dispuesto; a Emilia Pardo Bazán se le atragantaban las palabras, las descripciones se le amotinaban cuando alguna de sus heroínas se excitaba, un recato sumamente elocuente, pero nada distinto al de Baudelaire imaginando celestiales ninfómanas o al de aquel adolescente que descubrió en los verdes de África que traficar con humanos era un negocio en decadencia. Del sexo es difícil hablar pero de la muerte, la autodestrucción, de la violencia es fácil.
Lorca decía que el color verde es el color de los gitanos, explicaría después que el verde es el color de la muerte, decía que cuando un toro embestía a un torero el mundo se tornaba verde, verde el mundo, la mar y la montaña, verde la sangre que fluía de la cornada y verde era la muerte que embestía en los tercios. Según palabras de la hermana de Rimbaud éste tenía la pierna verde al retornar de su viaje por África, verde también es el color de los Románticos españoles, Bécquer, hiperbólico siempre, solo entendía el mundo a través de unos ojos verdes.

Es curioso que las mejillas sonrosadas de los bebés que mordía en su delirio pedófilo Lautremont fueran las páginas más negras de la literatura francesa del diecinueve, y es curioso también que en el verde mar donde Maldoror copulaba con tiburones, fuera el mismo verde que deslumbró a Gauguin cuando se hartó, al igual que el autor del barco ebrio, de la Europa sonrosada, fascinada por aquellos días por el fervor de la novela de princesas y marquesas, de príncipes y atletas positivistas, los mismos que inventaron aquello de que el verde es vida, pues es el color de la naturaleza y de la salud vegetariana.

Nietszche amaba los colores pues odiaba el gris del cinismo europeo y la estupidez pangermanista, por eso al final de sus días, recluido en el psiquiátrico decía que el color de la vagina de su madre era ocre, como los pueblos secos del medio oeste norteamericano: el universo sin color, sin vida. En los últimos meses de ese siglo de contradicciones la hermana de Nietszche hizo lo imposible por retirar el último libro de su hermano de la librerías italianas y alemanas, era demasiado y se decía demasiado, sin embargo dos ejemplares se salvaron de la censura familiar: un ejemplar lo adquirió un psicólogo austriaco discípulo de Freud y otro un periodista inglés, curiosamente apellidado Green. Siglo sinestésico, no cabe duda.

Bacho crónico. Corrección prosódica

Está dormido, respira fuerte. Sus compañeros se ríen, lo observo y digo, de seguro su compañero se levantó temprano para ir a trabajar. Un...