sábado, 28 de noviembre de 2009

La Tribulaciones del General Rauda (8)


                                                                    VIII 
Era mayo y la tierra hervía. El día estaba muy opaco, ninguna nube en el horizonte y el azul del cielo estaba muy difuso, como borrosa la vida. El calor era espeso y  provocaba que por las mejillas  resbalaran gruesas gotas de sudor; a pesar de eso, los niños jugaban con los cumbos amarrados en  hilos, como globos, girando y haciendo círculos en el aire hasta que el ruido salido de sus cortas alas se apagaba y se estrellaban en el polvo suelto y seco. Sobre el lago flotaban los simulacros, se confundían con el bochorno.

En medio del fragor de aquellos elevamientos un silencio extraño, poco a poco, se dispersó por todos lados. Los niños lo sintieron. Todo estaba como bajo el agua. Se miraron, hasta que un grito dispersó la inercia:

“¡Iren, iren allá arriba, en el cielo, iren!”

Los niños observaron el firmamento. Líneas luminosas atravesaban el azul opaco.

“¡Quéseso, quéseso!”  Gritó espantado un niño.

Martín Rauda miró la lluvia de estrellas y sus ojos comenzaron a hervir en agua.

“Qués, Martín, qués”  lloraba el niño y temblaba.

Rauda no contestó. No le salían las palabras, no brotaban. Pero su corazón se hinchó, como reventándole por un grito. Ya la multitud de niños corría hacia el pueblo.  Martín se quedó mirando los meteoros y pensó:

“Son rasguños de Dios. Quiere decirnos algo… pero el cielo está muy duro, muy duro.”

viernes, 27 de noviembre de 2009

Las Tribulaciones del General Rauda (7)


                                                          VII

“Siéntese usted aquí, mi general, mire que bonito se ve el lago, siéntese usted, háganos ese chingado favor.”
Rauda sangraba por la nariz y por la boca, apenas podía ver por un ojo y por el otro solo se asomaban las sombras y las luces incandescentes.
 “¡Ah que Rauda tan pendejo, cómo se te ocurrió volver!”
 Martín resoplaba, el bigote estaba adornado con sangre coagulada. Le dolían las costillas y los dedos los tenía fracturados, tenía dos balazos en una pierna y sin embargo una ligera sonrisa se dibujaba en sus hinchados labios.
 “Qué bien nos quedastes pinche Martín, qué les hicistes a las bolsitas que le mandamos al Inés”
 Y sin embargo algo raro comenzaba a suceder, de pronto Rauda dejó de sentir dolor y recordó lo fría que era el agua del lago en la Pacanda, lo dulce que eran los duraznos de la Mora, el sonido del agua brotando de aquel ojo insólito . Recordó también aquella vez cuando sacaron al Santo Niño  para pasearlo por las siembras para que terminara la sequía.
“Déjate de reír como  pendejo, Rauda, dónde enterrastes las pinches monedas”
Era extraño, muy extraño, ya no veía a los hermanos Chávez, no sentía su cuerpo y sin embargo una paz inmensa le cobijó como la lluvia, sentía claramente en el rostro el aire templado de los días de Septiembre y recordó aquella madrugada, hacía ya muchos años, cuando llegó a Erongarícuaro, disfrazado de arriero, con el rostro frío y el alma caliente, y escuchó, por fin, la voz, aquella voz retumbando por el templo, la misma que le arrebató de su cuerpo, aquella mañana, cuando su corazón se hinchó de alegría, cuando el prodigio se anunció con las primeras luces del amanecer.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Las Tribulaciones del General Rauda 6


                                                       VI
“¿Pa´qué sirven esas varas que están en el lago, Martín?”

Preguntó, Carlos Tajimaroa a Rauda cuando pasaban por el embarcadero de Erongarícuaro. Martín miró las chuspatas que ondulaban con el aire del amanecer por sobre las aguas cristalinas del lago, entonces una nube negra y espesa se posó en sus ojos, su mirada se ausentó. Rauda no contestó.

Los jinetes llegaron al pueblo, quieto y envuelto en niebla, atravesaron la plaza y se dirigieron rumbo al camino a Pichátaro, subieron por la calle de don Urbano, y Tajimaroa, alegre y rubicundo, no paraba de hablar.

“Qué crees que nos pasó lotra vez, estábamos con los Orozcos en Uruapan, echándonos unos chingueres, cuando en eso un chiquillo empezó a gritar, iren, iren allá arriba, y que voltiamos todos y que vemos unas bolas rojas, Martín, bien grandotas que pasaban, así, rápido por el aire, eran tres y se fueron rumbo a Tancítaro. Todos nos quedamos callados ¿qué serían tú?”

Martín Rauda no lo escuchaba, seguía con nubarrones la mirada, estaba atribulado. Amanecía y el sol cuarteaba las tinieblas haciendo evidente los simulacros que flotaban sobre el lago. Pero a  Carlos Tajimaroa, el silencio de su acompañante no le importaba, no paraba de hablar, parecía un niño en su primer viaje:

“Oye, Martín, me dijieron que Inés Chávez te anda buscando, que te va matar,  es bien carajo ese Inésa, la otra vez agarró a balazos a su sobrino Carlitos cuando supo que andaba robándose los duraznos, cuidate Martín, no te vayan a chingar...”

Ya los jinetes subían la cuesta hacia la Mora entre los pinos y los eucaliptos, cortaron duraznos y escucharon el sonido de un alicante al escaparse, los cumbos chocaban en su tambaleante volar con las patas de los caballos, el olor de la yerbabuena les inundaba los pulmones; todo esto a Carlos Tajimaroa le prodigaba el corazón de alegría, ya se quitaba la cobija que traía en las espaldas y se la volvía a poner, no dejaba de hablar y de reírse, manoteaba en sus explicaciones y remedaba y hacia gestos y se carcajeaba. Rauda estaba serio, con la mirada espesa, sin embargo eso no preocupaba al de Uruapan, el cual se desbordaba en explicaciones:

“¡Pinche, Martín!, me contaron lo que hicistes la otra vez en la casa del Dotor Orozco, ya ni la chingas cabrón, cómo se te ocurre decir esas adivinanzas,  tú con tus chingaderas,  no pues cabrón, te van a fusilar por grosero, piénsala pues chingao...”

Hacía el medio día llegaron a un páramo donde había una siembra de maíz. El silencio era profundo, no se escuchaban los pájaros ni el reptar de las serpientes ni siquiera los grillos. Pichátaro estaba cerca y de pronto, Rauda paró su caballo y observó derecho a Carlos Tajimaroa, éste lo vio:

“Qué pues, qué  pasa"

 “Pus para hacer petates.”  Contestó Rauda, y de sus ojos desaparecieron los espesos nubarrones.

 “¿Qué?” Respondió pasmado Carlos “¿Petates? Y eso qué pues, qué trais pues  Martín.”

  “Para eso sirven esas varas que hay en el lago, pus pa´qué mas."
   "Ah" Contestó Carlos entornando los ojos

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Las tribulaciones del General Rauda 5



                                                            V
El horizonte era cobrizo y el lago se veía como una charca de lodo negro. El rayo quemaba y un caballo en el llano corría nervioso y sudoroso hacia un corral. Todo estaba bajo una calma tensa, profunda. 

 “Está dura la calor, edá.”
  
“Ey”

 Detrás de la sierra se anunciaban enormes nubes de cobre oxidado. Dos , con  sombreros de paja y  pantalones de lona, se refugiaron del sol en un tejado.

 “¿Supistes que se chingaron al Rauda?”

 “¡Aaah cabrón!  a poco se chingaron al Rauda ¿ónde tu?”

 “Se lo chingaron allá por las Palmas.”

 "Quiénes, tú."

"Los cabrones esos de los Chávez, ya vez cómo son"

La sierra ya no se veía,  una masa gris oscura se la había tragado. Una infinidad de grillos entonaban una sinfonía nerviosa. Comenzaron a volar los zánganos y los mayates. Una onza atravesó corriendo el maizal. Un viento húmedo deshizo la inmovilidad de los pensamientos y de la muerte. Todo se volvía a poner en marcha, ya goteaba por todos lados y las nubes giraban rápidamente sobre el lago.
  
“¿Tás seguro que se chingaron al Martín?”

 “Te digo que sí, lo dejaron todo agujeriado. El padre Jaén fue a recogerlo,  le quitó medallita  que traía en  el pescuezo y la puso en el altar…¡Ah, cabrón!, mira, mira allá, está bajando una culebra, ámonos a la fregada!”

Un pedazo de nube se hizo puntiagudo, bajó como un brazo y le pegó de lleno al lago. Empezó a girar. Todo comenzó  girar. A final de cuentas, todo gira en esa enorme nube negra de muerte y de recuerdos.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

La perplejidad de Mr. Thursday



La historia de los versos, de la versificación, de las poéticas y las retóricas, de la inspiración y el ingenio explica, a veces de manera exagerada, el cómo un lector y un escritor se comunican por medio de la interpretación de unos cuantos signos lingüísticos, de sonidos rítmicos y de imágenes concretas. Tensar la cuerda, decían, es tensar el entendimiento, el momento en que algo “suena” en el interior del lector cuando escucha un par versos, una acumulación de sonidos y significados que le dan sentido al contexto, a los recuerdos o a los sentimientos. No es una tirada de mil doscientos octosílabos  o una novela de la subconsciencia, no, son apenas unos versos, dos renglones tal vez: una concisión perfecta, que no un aforismo o un concepto, una estrofa que renueva la esperanza en un lenguaje dominado por las estupideces y las deformaciones.
Esto sucede con mayor frecuencia en ese enorme “hoyo negro” que resulta la música popular, tan excedida de sentidos y repeticiones, tan superficial e insulsa; las concisiones surgen por sorpresa, despiertan, sin más, a la mitad de algún acorde, entre los estribillos necios de una balada o las ridiculeces melodramáticas de la música para adolescentes, aparecen frases como rocas, como una barda de sentido, la metáfora asomando la cabeza por el balcón como esos personajes extraordinarios de G. K. Chesterton.
Las sorpresas abundan, y no queda sino adoptar el rol de Mr. Thursday ante la perplejidad cambiante y fascinante del  escurridizo Mr. Sunday: “Ya no soy la roca que golpea las olas/ soy de carne y hueso” (Manuel Alejandro), las comparaciones abundan, las metáforas también, las alegorías están por todos lados, Quintiliano se sentiría orgulloso de la enorme fortaleza lingüística de esta esfera musical, pero también estaría horrorizado de lo mucho que hay que nadar en este mar de mierda para llegar a esto: “Y me vi consultando a un sabio mentor/¿qué le pasa a la gente cuando se hace mayor?/y me vi en cada casa buscando el amor/ pregunté ¿en qué pensaba Dios cuando te creó?”(Abraham Boba).
Hacer listas, dice Umberto Eco, es la pasión de los que se dedican a la investigación y al estudio organizado de cualquier cosa, es el mal del coleccionista, el taxónomo frenético con el sudor en la frente, lo mismo el poeta con las enumeraciones, la mayoría excesivas, solo algunas afortunadas: “Aquí está el fugitivo de siempre/ Aquí la eternidad que fue un instante / Aquí donde ninguno de vosotros se atreve / Aquí nuestros besos comunicantes / Aquí no hay nadie a quien seguir/ Aquí que nadie es un huésped fijo /Aquí sigo viviendo bien sin mí / Aquí sólo quiero estar contigo” (Enrique Bunbury).
En ocasiones se llega al exceso de predicar, de dar cátedra o de simplemente regañar y dar consejos, amontonar adjetivos y despreciar los verbos, le ha pasado a Joaquín Sabina, a Silvio Rodríguez, a Patxy Andión; sin embargo la ironía se atraviesa reclamando su retórica, su ars poética y se anuncian manifiestos: “y tengo un ambicioso plan: consiste en sobrevivir” (Nacho Vegas) o quizá un esfera sin pulir, en toda la cuadrada, dispar y desordenada obra de Andrés Calamaro: “vivir así no es vivir / esperando y esperando / porque vivir es jugar / y yo quiero seguir jugando / le dije a mi corazón / sin gloria pero sin pena / no cometas el crimen, varón / si no vas a cumplir la condena” Las asonancias y las consonancias no son una virtud son una necesidad para alguien que canta Andrés, dice Mr. Sunday, hay que hacerle caso a la rima y sobre todo a la paciencia. En ocasiones da la impresión que en este mar de sonidos y en este océano de asonancias la paciencia en verdad sería el filtro necesario para volver al Romance, al fronterizo, al viejo, al que cuenta una historia porque le da la gana cantarla, pero contarla bien: “Y no me habléis de eternidad / No me habléis de cielos ni de infiernos más / ¿No veis que yo le rezo a un dios que me prometió / que cuando esto acabe no habrá nada más? / Fue bastante ya” (Nacho Vegas) En fin, bien dice el admirador, fue bastante ya…
(Imagen de Pedro Covo: http://www.flickr.com/photos/pedrocovo/)

jueves, 29 de octubre de 2009

Las Tribulaciones del General Rauda 4


IV
“¿Qué es algo duro, largo y grandote que tengo aquí, entre las piernas?”
El aire se tensó como la soga de un colgado. La mujer de Florencio Madrigal miró maliciosamente a Rauda, el doctor Orozco se sonrojó de la cólera. El general Inés Chávez le lanzó una mirada fiera.
“Qué es, pues” - imprecó Rauda tranquilamente.
“¡Ay! cómo es usted general, siempre tan bromista” - dijo la señora del general Mendoza.
“Contesten, pues, qué es, a ver” - presionó Rauda enrareciendo el ambiente y volviéndolo espeso, anunciando el brillo negro de los revólveres. Solo entonces, y con la firme y malvada intención de que las tropas se quedaran sin generales, Mechitos Santoscoy, con su enorme sonrisa y su voz chillona, afiló navajas:
“No, general, no le atinamos, qué es eso que tiene usted tan grande y tan grueso entre las piernas.”
Inés Chávez recorrió fugazmente su mano hacia el revolver y miró de reojo a Rauda, quien sin alterarse sonrió y dijo:
“Pues la pata de la mesa, pues qué más iba ser.”

jueves, 22 de octubre de 2009

Las tribulaciones del General Rauda 3


III

El pueblo se veía lejos. Una línea brillante partía el lago multiplicando el rostro de la luna. La sierra se anunciaba como un enorme monstruo hecho de sombras. Rauda suspiró desencantado. Todo había terminado, lo sabía muy bien. Ahora vendrían las necesarias venganzas, las persecuciones, el esconderse como los alicantes y los escorpiones. El aire húmedo bajaba de la sierra precipitándose por entre los espinos y los cedros. Parecía imposible que la revelación no llegara. Unos balazos se escucharon muy lejos. En otros tiempos todo hubiera sido distinto, ahora solo quedaba el reflejo, ese movimiento necio de su mano rumbo a la pistola. Nada más.
Era inconcebible que el milagro no irrumpiera. Tal vez si fuera al pueblo, pero no, cualquiera en estos días lo mataría sin dudarlo. Tengo que platicar con él, pensó Rauda angustiado, tengo que decirle.
Unas hormigas en una piedra arrastraban un enorme gusano, las nubes blancas se iluminaban con la luz incierta de la luna. Rauda se sintió desamparado. Si tan sólo pudiera platicar con él, decirle de sus horrorosas noches en Tierra Caliente, de sus pesadillas llenas de ojos desorbitados, de gritos endemoniados y de intestinos como víboras tragándoselo; decirle que todo había ocurrido por ver el agua de las grutas de la Mora, todo se había puesto oscuro después de eso.
En la lejanía los disparos se seguían escuchando. Y sin embargo todo estaba en su lugar, se respiraba una normalidad pesada, no se escuchaban gemidos ni voces sin garganta, tampoco se veían luces en el cielo ni se sentía ese estremecimiento que acompaña a todas las Anunciaciones. Nada. Rauda se sintió vacío. Anhelaba pisar el templo,  ver las piedras del altar, la mirada del señor de la Misericordia, sus llagas, su corona, pero por sobre todo, escuchar su voz, esa voz profunda diciéndole: “Todo va estar bien Martín, mañana estarás conmigo en el Paraíso”. Pero no podía hacer nada. No pasaba nada.Todo mundo lo buscaba. El pueblo estaba tomado por los federales. Era imposible que a estas alturas el milagro no llegara.

miércoles, 14 de octubre de 2009

La Tribulaciones del General Rauda 2


II
Las noticias llegaban como las lluvias: abundantes y tormentosas: Martín Rauda, que a bien no se sabían sus filiaciones políticas, "sus creencias y sus ideologías" asolaba los estados del bajío mexicano. Donde quiera se aparecía emboscando Federales en los llanos de Guadalajara, en los ranchos de Capacuaro, en las barrancas de Amealco, en la sierra se quejaban pues  acosaba y extorsionaba a los Agrarios de Pichátaro, otras veces, con banda y cuete, entraba gritando por la puerta grande en Uruapan, o había noticias de una tremenda boda con una tierracalenteña en Tumbiscatío.
En todos lados se hablaban de los excesos del general Rauda, en las cantinas, en las escuelas, en los noticieros radiofónicos: “Los bandidos dirigidos por el forajido Martín Rauda han atracado la ciudad de Zamora. El saldo es de veinticinco mujeres violadas, trescientos hombres fusilados...”
Todo era muy difuso, extraño, hiperbólico, cosas de más, cosas de menos, cosas no dichas; pero lo cierto era que las historias fluían  como crecida de cerro y Martín Rauda seguía cabalgando por los páramos de Occidente. Tan inauditos acontecimientos solo provocaban pena ajena, vergüenza y furia, demasiada furia.
Hasta que una noche, a la mitad de una sofisticada cena, en el deslumbrante  Castillo de Chapultepéc, el Jefe Máximo se meció el bigote, entrecerró los ojos  y se paró gesticulando  después de que un joven cadete le murmuró unas palabras al oído. Una junta extraordinaria exigía su presencia. Minutos después, y  a pesar del tintineo de los cubiertos de fina plata, de los acordes de fina música, de las risas desahogadas y de los discretos brindis; en todo el salón se escuchó claramente una consigna: 
“¡Quiero que me traigan la cabeza de ese hijo de su chingada madre!”

sábado, 10 de octubre de 2009

Las Tribulaciones del General Rauda 1


                                                I
“General, general, siéntese usted aquí, por favor mi general; mire, mire, aquí se ve bien bonito el follaje”
El general barrió con la mirada la finca de don Ernesto Madrigal y se sentó resoplando ante una mesa llena de viandas y bebidas caras. Saludó a los presentes con un rápido movimiento de mano, mientras sus ojos observaban ansiosos el horizonte.
“Mi general -se esmeraba don Ernesto- pruebe usted estas corunditas rellenas, mire, póngale usted esta salsa, está buenísima.”
Rauda devoró una corunda  con mucha salsa, resoplaba al masticar y no dejaba de mirar los cerros detrás de la casa. La reunión se animó  cuando llegaron  las carnitas con  el churipo, los calzones del diablo y el caldo de pescado, el cuerpo del general se movía pendularmente, mientras su mirada obstinada trataba de descifrar el horizonte sin conseguirlo.
“¿Verdad que es hermoso el follaje, mi general?”  - Dijo don Ernesto mientras observaba orgulloso su finca.
“¡Qué no veo esa chingadera, hombre” - explotó Rauda.
“¡Qué pasa, mí general -imprecó don Ernesto, pálido y con voz temblorosa- qué es lo que usted no ve, mi general!”
“Pus eso, chingao, a ver si quitan esas pinches ramas para ver el follaje.”

miércoles, 7 de octubre de 2009

El hada verde


Dicen que a Baudelaire, en el 48, se le vio por las calles de Paris con un fusil en las manos arengando a las multitudes a intentar la revolución. Se sabe también que la noche anterior el señor de los paraísos artificiales había ingerido algunas copas de ajenjo, bebida verde que según palabras de Thomas de Quincey, es el menstruo de las hadas asesinas. Combinación mortal: revolución y ajenjo; al parecer la más original revolución decimonónica fue propiciada por los ardores del hada verde. Se sabe que Rimbaud la tomaba al igual que Alfred Jarry, el mismo que murió de una sobredosis del verdoso menstruo: poética justicia para aquel que creo la estética del absurdo; pues absurdo fue, sin duda, morir de verde, en ese mar verde y con esa muerte verde; sinestésico desenlace, de ahí los versos de Lorca, verde que te quiero verde, verde viento, verde agua. El verde marcó también a Edgar Poe, los demonios que lo atormentaron en sus noches de delirium tenían el rostro verde, verde era la baba de sus difuntos y el olor de sus masacres en aquellos polos árticos insólitamente verdes.

Los naturalistas y los realistas no eran muy coloridos, salvo las sonrojadas mejillas de Fortunata al ver la virilidad de Juanito Santacruz y el bucólico adulterio de Bovary teñido en un rosa recatado, los colores desaparecen de sus textos, los cuales se sofocan de luz, un exceso de luz que alumbra y descubre el color del sexo escondido, siempre velado y difuminado en descripciones eufemísticas sobre penes erectos y vaginas dispuestas.

El universo del sexo está por todos lados en las páginas decimonónicas pero nunca se dice directamente, no se nombra. La novela rosa, tan cara a Torres Bodet y a Valery, nace del ocultamiento del color del sexo dispuesto; a Emilia Pardo Bazán se le atragantaban las palabras, las descripciones se le amotinaban cuando alguna de sus heroínas se excitaba, un recato sumamente elocuente, pero nada distinto al de Baudelaire imaginando celestiales ninfómanas o al de aquel adolescente que descubrió en los verdes de África que traficar con humanos era un negocio en decadencia. Del sexo es difícil hablar pero de la muerte, la autodestrucción, de la violencia es fácil.
Lorca decía que el color verde es el color de los gitanos, explicaría después que el verde es el color de la muerte, decía que cuando un toro embestía a un torero el mundo se tornaba verde, verde el mundo, la mar y la montaña, verde la sangre que fluía de la cornada y verde era la muerte que embestía en los tercios. Según palabras de la hermana de Rimbaud éste tenía la pierna verde al retornar de su viaje por África, verde también es el color de los Románticos españoles, Bécquer, hiperbólico siempre, solo entendía el mundo a través de unos ojos verdes.

Es curioso que las mejillas sonrosadas de los bebés que mordía en su delirio pedófilo Lautremont fueran las páginas más negras de la literatura francesa del diecinueve, y es curioso también que en el verde mar donde Maldoror copulaba con tiburones, fuera el mismo verde que deslumbró a Gauguin cuando se hartó, al igual que el autor del barco ebrio, de la Europa sonrosada, fascinada por aquellos días por el fervor de la novela de princesas y marquesas, de príncipes y atletas positivistas, los mismos que inventaron aquello de que el verde es vida, pues es el color de la naturaleza y de la salud vegetariana.

Nietszche amaba los colores pues odiaba el gris del cinismo europeo y la estupidez pangermanista, por eso al final de sus días, recluido en el psiquiátrico decía que el color de la vagina de su madre era ocre, como los pueblos secos del medio oeste norteamericano: el universo sin color, sin vida. En los últimos meses de ese siglo de contradicciones la hermana de Nietszche hizo lo imposible por retirar el último libro de su hermano de la librerías italianas y alemanas, era demasiado y se decía demasiado, sin embargo dos ejemplares se salvaron de la censura familiar: un ejemplar lo adquirió un psicólogo austriaco discípulo de Freud y otro un periodista inglés, curiosamente apellidado Green. Siglo sinestésico, no cabe duda.

martes, 29 de septiembre de 2009

Los Trazos Apócrifos



En cierta ocasión le pidieron a Francisco de Quevedo que explicara una pintura del Bosco cuando éste expuso su Jardín de las Delicias Terrenales a los ojos de todas las Españas. Quevedo fue cauto, por no decir templado: “por que nunca –dijo- había creído que existieran demonios deveras”. El comentario del español pone en evidencia lo difícil que resulta hablar sobre una obra de arte. No es simple. La antigua retórica ordena al orador que al describir una obra de arte ésta debe ser tan exacta que el escucha debe “ver” el objeto ausente como si realmente estuviera presente, solo entonces puede decirse que la écfrasis es exitosa.

Hablar de una pintura, describir sus trazos, dedicar palabras a la combinación de los colores, a las formas, a los símbolos; implica, necesariamente, acercarse al misterio y al engranaje de una enfermedad mental: la  sinestesia, esa rara afección que obliga al enfermo a paladear los colores, a oler los trazos, a escuchar las formas. La écfrasis,  se explica como un esfuerzo por traducir con palabras los delirios de la sinestesia. Enfermedad decimonónica no cabe duda, pero conocida veinte siglos atrás en las furias de Pigmalión y de Orfeo.

Leo Spitzer dice que el futuro de las ciencias críticas está en la écfrasis, en la interconexión, irremediable, de todas las formas de arte y de su crítica; ahora, el afanoso y envidioso crítico literario no solamente debe acceder a las catacumbas del texto sino exiliar la mirada a los trazos de una canción, de una sinfonía, a los trayectorias de una pintura, ampliar el paradigma ¿o acaso las artes todas se cocinan cada cual por separado? ¿acaso las artes son independientes unas de otras? No, dice Spitzer, el caldero hierve y dentro del calor creativo no podemos meter la mano y descifrar por separado un arte de otro, tenemos que pensar en conjunto, dejar de lado el método como propone la  horda posmoderna, desde los ecologistas hasta los adoradores de la seducción y el caos.

En el fondo todo es muy confuso, es cierto, pero no por eso deja de ser interesante.  En fin, se pueden argumentar muchas cosas: la sinestesia es una enfermedad mental, la écfrasis es la vanguardia de los discursos interdisciplinarios, también, y esto es lo importante, al menos para los primordiales,  argumentar que la pinturas de Ome Tochtli tienen un motivo para suponer que el sol no es el mismo cada día, que el diagrama de la locura es del grueso de un color, que el sexo dispuesto está siempre en el abismo del instante, que de vez en cuando los colores se van y se queda esa memoria que insiste en reinventarse. Se puede argumentar también una interpretación, un esfuerzo por descubrir la influencias, probar que las imágenes de Escher se mezclan con las formas de De Chirico en un cuadro Martín, sin embargo eso es pedir demasiado, no sabremos nunca definir sus influencias, buscar las sinápsis creativas en la obra de arte es como perseguir los simulacros de Lucrecio o tratar de adivinar los pensamientos de Gilgamesh, dejemos esos excesos para Jacob Buckhardt que decía saber exactamente qué pensaba en su soledades Constantino el grande.

En los cuadros de Ome Tochtli los colores se te escapan, las mujeres de perfil sesgadas a la izquierda no te miran, las escaleras no se bajan y los caracoles nada saben del reino de los muertos.

Y qué decir, además, de los  Armatostes. 

Así es, todavía faltan los Armatostes. Un Armatoste según definición regular de los diccionarios, es todo aquel objeto grande y de poca utilidad, estorboso y viejo; una segunda definición dice que son aquellas personas corpulentas qué para nada sirven (habrá que decir también que hay personas que no son corpulentas y tampoco sirven para nada). En fin, un Armatoste, por tanto, es aquello que alguna vez tuvo determinado uso pero por diferentes razones deja de tenerlo y no tiene ya utilidad específica. ”Quita ese armatoste de aquí” solemos decir cuando algo voluminoso nos hace menos el espacio o nos impide el paso, también decimos que es un Armatoste las ruinas de una iglesia o de una fábrica abandonada, el socavón de una mina o de una antigua hacienda: reflejos esqueléticos y herrumbrosos de un pasado del cual no queremos saber nada y sin embargo están ahí, necios, enormes, fastidiosos; como recordando que el pasado, ese vientre del alma, está ahí, esperando, silencioso, presente.

Pero los Armatostes no solo son cosas voluminosas o personas inútiles también tienen un símil en el terreno de la ideas, hay teorías estéticas o corrientes filosóficas que en su momento fueron útiles y necesarias y sin embargo ahora no producen diálogo alguno y todos las tachan de imprecisas o hiperbólicas; lo mismo sucede con algunas categorías, como la Historia, La teoría literaria o la idea de Dios, las han vilipendiado y las han asesinado, y sin embargo, están ahí, presentes en la mente de millones de personas. Así las esculturas de Martín, esos Armatostes que inventan una música sin sonidos, una melodía que todos saben escuchar pero nadie quiere comprender, ¿será necesario explicar los mecanismos del caos para comprender el orden de las ideas?  No se trata de un Química demente, o de una física insensata, se trata solo del caos que ordena, del orden de la finitud, del incesante respirar del tiempo, de ese tiempo que te hace sudar  hacia dentro.

En fin: entre engranes y cuerdas armatostéicas las ideas surgen y entonces precede la teoría que afirma: el sol que nos  descubre no es el mismo cada día, lo dijimos al principio, y no es que repitamos los argumentos de Heráclito: en realidad el sol que nos alumbra es otro cada día, siempre es diferente y tiene una naturaleza distinta. No es que sea uno y el mismo, y la derivación infinita de sus átomos lo hagan diferente, se trata de decir que el sol es siempre otro, diferente al de mañana y al de ayer: no es un sol girando en una necia elipse sino diferentes soles en una constante línea recta al infinito. Así son las ideas que se desprenden de la contemplación de los Armatostes,  de su detenido trazo, de su signo hermético, de su hélice y su lente.

Martín Gallegos es extremo no cabe duda, otros dirían que hiperbólico como todos los poetas, algunos más dirán que exagerado, dudo que a él le importen las babas del diabólico, la ingesta de adjetivos y la superproducción de cibernéticas imágenes. Borges decía que uno termina pareciéndose íntimamente a su enemigo, que bajo la diestra del Señor los antagonistas son las dos caras de una misma moneda, ignoro si Martín tenga enemigos, pero si tal antagonista existe entonces no puede ser otro que ese íntimo que dibuja eso trazos apócrifos, sin dueño, sin casa y con mujeres que miran a la siniestra, con escaleras que no pueden subirse y con esculturas en donde los sonidos arrecian las pasiones y desordenan las hipérboles; a final de cuentas la obra es un espejo, y un espejo, no cabe duda, es lo que perseguimos todos en la vida: un reflejo de nosotros mismos. Desde hace décadas eso es la obra de Ome Tochtli un enorme espejo, vertical estanque, en  donde el abismo tiene luz, color y un rostro: nuestro rostro. 

Bacho crónico. Corrección prosódica

Está dormido, respira fuerte. Sus compañeros se ríen, lo observo y digo, de seguro su compañero se levantó temprano para ir a trabajar. Un...